Cuarto oscuro

     Sabía que no iba a ser bien recibido, que no me querían. Con esa certeza,  entré en este mundo llorando tan fuerte que la comadrona  se asustó y me soltó, dándome de bruces contra el suelo. Premonitorio.

     Mis padres esperaban una niña. Pero llegué yo. Como no me hacían caso, no paraba de llorar. Lo único que conseguí fue que me metieran en un cuarto oscuro y quedarme dormido de puro cansancio. Así día tras día.   Al año nació mi hermano. Tampoco le quisieron, aunque como no lloraba ,se libró de estar encerrado . Un prodigio durmiendo y comiendo , supongo que  ésa  era su defensa  ante la falta de cariño.  Once meses más tarde, llegó la deseada.

     Antes de que la niña cumpliera un mes, nos enviaron a mi hermano y a mí lejos de allí, con la abuela y tía paterna. Recuerdo un avión, la mano de mi hermano Jorge arañando la mía y dos señoras  que no conocía esperándonos en el aeropuerto. Luego, Jorge se fue. Y yo me quedé con mi tía . Afortunadamente, después de un tiempo solos,nos veíamos todos los domingos, ya que la abuela vivía cerca.  Reunirme con él suponía tal fiesta de juegos, peleas y alegría  que me acababan  encerrando con la Marusiña, una bruja malvada que visitaba la despensa de mi abuela justo ese día.

    Mis padres  venían a vernos en julio, durante una semana. Acudían con nuestra hermana pequeña, a la que Jorge y yo odiábamos. En un descuido, la tiré escaleras abajo y eso me valió unas buenas bofetadas y una estancia de veinticuatro horas con la Marusiña.

                                                        En mi sexto cumpleaños  decidieron que podían hacerse cargo de sus tres hijos y volvimos a casa. A mi hermano y a mí nos gustaba coger las muñecas de la pequeña y arrancarles las piernas, la cabeza,  romperles la ropa y pintarles luego el torso. Mi padre, al escuchar los gritos de la niña, nos castigaba poniéndonos de rodillas de cara a la pared. Al menos  no había Marusiña alguna: sospeché que tenía una amistad extraña con la abuela  y prefirió quedarse con ella.

                                                    Desde entonces,  los veranos los pasábamos  en casa de la tía . Nada más llegar,  nos rapaba al cero y los niños del pueblo nos recibían con un acogedor apodo: los hermanos “cabeza de pepino” . La abuela ,que vivía entonces con ella,  insistía en enseñarnos lo que era la mano dura ,  con cualquier pretexto:  no acabarnos la merienda, tardar más de lo debido en el baño, cantar en la mesa, jugar. También me quiso adiestrar en la doctrina de la época y me pegaba unos coscorrones dolorosísimos cada vez que yo, zoco, usaba la mano izquierda. Con eso, y tenerla atada en el colegio, aprendí que ser zurdo no era bueno. Un día, a los ocho años, quiso hacerme un hombre y me obligó a sujetar por las patas al conejo que me habían regalado y al que yo adoraba, mientras ella lo decapitaba con un golpe seco. No pude comerme aquel arroz, y me encerró  donde la Marusiña  cuarenta y ocho terribles horas.

        Fue el principio del fin. A partir de ese momento, me refugié en los libros.Dejé de ser niño y no quise jugar más. Iba tachando en  calendarios  el tiempo que faltaba para escaparme de todo aquello. A los quince, finalmente, huí para siempre. Mi hermano Jorge vino conmigo.

© Coeliquore

18 Respuestas a “Cuarto oscuro

  1. Veo que la infancia del protagonista no es precisamente “recuerdos de un patio de Sevilla”, que decía aquel poema…: uffff, ¡madre mía, qué fuertecito!!!

    • No, está claro que su infancia fue dura. En aquella época franquista, muchos pensaban así: que el castigo físico y psicológico haría hombres de bien. El pobre niño estuvo dominado por el miedo y deseando desaparecer de allí, cosa que hizo en cuanto pudo. Recuerda que antes, hasta no hace mucho, se podía dejar de estudiar a los 14.

  2. En el blog “El sueño de Vicky” leí una frase que me inspiró esta historia. Decía: ” Dos cosas que no perdona un niño:que lo lastimen y que no le amen”. Me pareció tan certera, tan…que me puse a escribir sin poder parar.

  3. Que chulo el relato que real lo del conejo jo..era costumbre matarlos asi..yo recuerdo al abuelo a mi madre…claro que no eran de regalo eran para eso para ser comidos
    Besos

  4. Para un niño no sentirse amado, incomprendido o no deseado es un trauma, de una manera u otra se reflejará toda su la vida. Comprendo perfectamente los sentimientos de Jorge.
    Yo conviví con la lay del miedo como tantos otros niños y niñas.
    Seguro que Jorge y su hermano con el tiempo habrán resultado ser muy buenas personas, amables y respetuosos con el mundo, no deseando a los demás lo que les hicieron a ellos. El camino es duro.
    Con lo bonita que es la vida…
    Y a los conejos habrá que seguir comiéndolos, pero sin traumas, están muy ricos.
    Besos mil.

    • Casi todos los que nacimos durante el franquismo vivimos bajo la ley del miedo. Si no era en tu casa, porque tenías la fortuna de nacer en una familia liberal, te la darían con queso en el colegio o en cualquier otro sitio, ya que era el ideario de la época.¡Qué lejos queda ya todo aquello, afortunadamente!!!!!!!!!
      Los hermanos tuvieron, al hacerse mayor, dos opciones: repetir lo que le hicieron a ellos en sus propios hijos, o en sus subordinados ( llámesen éstos empleados, sus mujeres o los vecinos de escalera), o estar siempre alertas para no repetirlo jamás. Creo que la mayoría de las personas que pasan por algo similar no lo repiten, afortunadamente. Aunque un gran número de maltratadores fueron también maltratados en la infancia…La solución, como apunta Alice Miller en “Orígenes de la violencia en el niño” es hacer ver a la sociedad las consecuencias del maltrato y trabajar para erradicarlas.

  5. Un bonito relato,pero duro de digerir. Las cosas fuertes que se viven de niño es verdad que marcan a los adultos, tanto por el lado bueno, como por el malo.

    • Tienes razón, la infancia nos marca más de lo que creemos.Para bien y para mal. Por eso hay que ser tan cuidadoso,especialmente con los niños: el legado que les dejamos marcará el futuro de nuestra sociedad.

  6. Yo recuerdo de la infancia “el cuarto de las ratas”, creo que una vez me amenazaron con llevarme en un conocido colegio de monjas, siendo muy pequeña, tendría 5 años. También recuerdo que me daban mucho miedo los cuartos oscuros, supongo que en aquella época utilizaban estos argumentos para que los niños fuéramos obedientes.

  7. ¡Madre mía, el cuarto de las ratas!!!!!:¡qué nombre!!!!!!!!!!!!
    Las monjas eran expertas en los cuartos oscuros: también las sufrí, durante toda la primaria. En octavo, me planté y dije que si querían que siguiese estudiando, sería en el instituto. Como mis notas eran buenas, y mis padres soñaban con que hiciera una carrera, conseguí salir de allí. Aunque el instituto fue el último del país en no ser mixto, y parecía una sucursal de las monjas: ¡llevábamos uniforme obligatorio!!!. En fin,qué te voy a contar que tú no sepas…
    Besitos, Missbooh

  8. La historia de Jorge es muy triste.
    Por desgracia, aún hay millones de niños sufriendo el maltrato. Tardaremos aún mucho en solucionarlo, pero, si entre todos, vamos sembrando, algún día erradicaremos el sufrimiento infantil de tantos abusos sexuales, maltratos, torturas, abandonos…el tema de los niños es que me supera.
    Un beso Cq y sigue con los relatos, me gustan, aunque a veces me hacen llorar. Espero leerte un día de éstos uno que nos haga sonreir.
    Svenska

    • Yo creo que el erradicarlo es cuestión de concienciación. Y de trabajo diario, codo con codo, todos a una.Es un espectro tan amplio, abarca tanto.
      Gracias. Espero lograrlo algún día, eso de escribir un relato de risa. De momento, me salen tristes o rayando en el absurdo. Ya veremos, tiempo al tiempo.
      Un besito, rusa- rusae

  9. Este relato es buenísimo, duro , algo espeluznante también. Me gusta cuando usas la primera persona , más que manejándote con la tercera. ” Dientes blancos ” también es perfecto: frío y sensual. ¡ Y está en primera persona ! : hazme caso, guapa.

  10. Gracias, Lorena, por entrar y comentar. El cuándo no importa: imagino que cuando has encontrado un huequito.
    Uffff: la primera persona me da un poco de pudor. Porque si ya casi todos se piensan que estoy novelando mi vida, imagina si encima digo “yo” todo el rato. Pero bien, lo intentaré más frecuentemente. Ah, y en eso estamos de acuerdo: son también mis favoritos.

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