Relato IX:”LAS BUENAS MANERAS”. Autor: PABLOFF


Armand elevó la mano hasta los ojos a modo de visera para paliar su deslumbramiento al salir al exterior desde el angosto pasillo de paredes húmedas. Sentía su cuerpo entumecido, pero en cuanto recuperó la vista trató a la vez de enderezar su compostura, pues algo que no estaba dispuesto a permitirse en situación alguna era el desaliño. Aún así, sentía un cosquilleo frío de cintura hacia abajo, y pesadez en las plantas de los pies que le provocaban una ligera cojera. Agarró de la casaca a Gastón para no perder el equilibrio, en un gesto automático.

-Amigo mío, felicitémonos por este día espléndido-le dijo Gastón de Armagnac, sin darse la vuelta. Hablaba en su tono pausado habitual. Pese a que apenas era unos años mayor, Gastón era para Armand algo así como un padre, con su sensatez imperturbable, sus hábitos regulares, sus consejos siempre atinados, y esa voz rotunda que parecía haber sido construida para enunciar verdades de peso. Armand de Coligny miró a su alrededor para corroborar el juicio de su amigo. El sol estaba alto, y el cielo claro y despejado, de un azul incorrupto.

-Sin duda-asintió Armand.-Como antes decías, los elementos de la naturaleza son los vocablos con que escribe la Divinidad. En medio de la barbarie, nos regala un instante de belleza indescriptible, y puede que eso sea una señal de su infinito amor. O acaso, bien al contrario, sea una muestra de crueldad, de un sentido del humor áspero y retorcido, lo que decididamente limitaría mis deseos de encontrarme frente al Altísimo.

-No blasfemes, Armand-replicó Gastón, que proseguía sus pasos hacia delante, sin girarse hacia su amigo. Sacó una pipa que encendió pausadamente, para lo que tuvo que detener la marcha un instante. – ¿Qué sabemos del plan de Dios para el mundo? Quizá el Divino Hilandero, en su infinita sabiduría, teje un hermoso bordado del que sólo nos muestra el envés, repleto de nudos. Confiemos, de seguro que todo esto tiene algún sentido.

Labat, el panadero, empujó a Gastón en el hombro con una vara de fresno, haciendo caer la pipa al suelo, y la pisoteó. “No se puede fumar. Camina. No detengas la fila”. Exhibía un rostro enrojecido por tanto vino y una enorme nariz adornada de capilares carmesí. Su gesto encogido y ceñudo provocaba más risa que temor. Gastón miró al hombre con compasión y respiró hondo. El contacto de la pipa en los labios y el deseo frustrado de exhalar una bocanada de humo de tabaco por su garganta le habían hecho salivar. Recogió unas hebras del tabaco de pipa del bolsillo de su casaca y se las metió en la boca, para masticarlas con parsimonia.

-¡Qué necesarias son las buenas maneras y la educación, amigo mío, y cuánta carencia hay de éstas hoy en día!- observó Armand de Coligny, dirigiéndose a su amigo en voz baja- Este país ha padecido y padecerá siempre de los mismos males. La necedad y la incultura arruinan al mundo. Es por eso que vivimos tiempos convulsos.

Entre la muchedumbre, una mujer joven lloraba afligida y trataba de aproximarse a la fila infructuosamente. Gastón percibió el movimiento de la joven, pero no dijo nada. El corazón de Armand dio un vuelco.

-¡Dios mío! ¡Blanche! –exclamó en un susurro ahogado.

-No es un buen día para el romance, mi querido Coligny.- Gastón de Armagnac se giró sonriente hacia Armand, haciéndole un guiño.- ¡Diablos, hasta en un día así os persiguen las mujeres! ¡Sois un conquistador impenitente! – Labat lo agarró del brazo con rudeza.- ¡Hasta pronto, amigo mío!

La mirada de Armand de Coligny quedó suspendida en los ojos de la joven que amaba, y que ahora gemía descompuesta. Recordó el olor a jazmín de su cabello rubio, y su sayal blanco almidonado sobre la hierba, y cerró los ojos para retener ese instante, abrazado por el sol del mediodía. Un golpe seco le arrancó de su ensimismamiento. Al abrirlos de nuevo, percibió amplificado el rumor del gentío, que se trocaba por momentos en gritos de una furia incomprensible, y las campanas de la iglesia repicando como en día de fiesta. Labat, el panadero, agarraba ahora sus hombros haciéndole ascender casi en volandas los tres peldaños de la tarima, y un hombre rubio desdentado apartaba de una patada el cuerpo sin cabeza de Gastón de Armagnac, mientras elevaba nuevamente la pesada hoja de la guillotina.

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