Relato VIII: “EL RAYO”. Autor: PABLOFF

Lleva más de una hora intentándolo, pero no pierde la esperanza. Matías contempla sus deditos con absoluta concentración frunciendo el ceño. Si lo piensa con fuerza, saldrá el rayo.

Se conformaría con que saliera uno chiquitito, siquiera unas chispas, pues todo es empezar. Junta los dedos índice y pulgar y los frota entre sí en ambas manos, cuidadosamente, dibujando pequeños círculos. Lo repite luego con el resto de los dedos, incluido el meñique. La energía se debería concentrar ahí, y actuar como polo positivo. Una vez completada la operación, el rayo estará cargado y lo podrá lanzar.

Coloca unos soldaditos de plástico en la mesa camilla para hacer la prueba. Uno tras otro los sitúa minuciosamente en fila india, como si regresaran a casa tras una agotadora campaña por el desierto. Matías cierra los ojos y se concentra en el rayo de luz. Casi puede ver la cara de sus superhéroes, el rostro grave y ojos huecos de Estela Plateada o del Doctor Extraño cuando lo disparan. Si ellos pueden, también él: seguro que empezarían siendo niños. Aprieta las sienes y cuenta atrás. Cuatro, tres. Abrirá los ojos y disparará. Dos, uno. Cero. Así es como sucede. Abre sus ojos y lanza el rayo.

Los soldaditos caen como fichas de dominó, empujándose torpemente unos a otros hasta ser derribados por completo, quedando el escuadrón aniquilado. El rayo ha sido débil, pero suficiente. Aún así, debe ser constante hasta dominarlo. Recuerda a su amigo Vicente, “Boliche”, con lo incrédulo que es, y piensa en lo que le diría de haber estado aquí presente. “Has empujado la mesa”, “has soplado”, o cosas por el estilo. Matías sabe que tiene que conseguir un rayo veraz y creíble, un rayo sólido, material.

Repite toda la operación de nuevo, aunque esta vez frotando sus manos rápidamente y con fuerza, hasta notarlas casi ardiendo. La sensación es esta vez física, y su fe en sus posibilidades ha crecido tras el derribo del ejército verde. Agarra ahora a dos Geyper-Man, pertrechados para el combate, con sus barbas de terciopelo y su pelo de pincho. Los Geyper-Man son guerreros potentes, musculados, de un peso muy superior al de los soldaditos. Los pondrá de pie en el filo de la mesa, y los lanzará fuera del territorio de juego, lejos, donde no de lugar a confusión alguna. De nuevo, se concentra, añadiendo la rabia a la acción. Los imaginará como enemigos a los que debe vencer. Aprieta los ojos con fuerza, y al abrirlos lanza un nuevo rayo.

Esta vez lo ha podido ver mejor, y para él no habrá lugar a dudas. Era de un color rojizo, luminoso, y ha impactado en los dos muñecos de acción lanzándolos a un metro de distancia. Su madre pone la mesa, entrando y saliendo ajetreada del comedor con platos y cubiertos. “Recoge todo eso, Matías, que va a venir tu padre y ya sabes que se enfada si ve desorden”. Sí, su padre se enfada mucho, y a menudo. “Voy”, dice Matías con voz incolora, sin hacerle caso, mientras vuelve a frotar sus manos.

El padre de Matías llega a las dos y media, como cada día. Echa la cartera al suelo, se quita la chaqueta del traje con desgana y se afloja la corbata. No saluda. Matías sabe que es su forma de decir a todo el mundo que ha tenido un mal día y que no está para nadie. Saca un periódico arrugado de un bolsillo de su chaqueta, se sienta en la mesa y empieza a hojearlo, pasando las páginas sin mirarlas, ruidosamente, como si tuvieran la culpa de su malhumor. La madre se le acerca y le da un beso en la frente mientras le pone el plato sobre la mesa. El padre se seca el beso, molesto.

Mira el plato y mira alternativamente a la madre, fijamente, sin decir nada, para subrayar con su silencio el motivo de su enojo. Esta escena durará unos segundos, pero a Matías, que la contempla inmóvil, se le hace eterna. Finalmente el padre habla, en voz alta y separando mucho las palabras, como cuando la maestra les enseña algo que merece una atención especial. “Qué-coño-es-esto”. Su madre está blanca, y titubea. No articula palabra, y baja la mirada. El padre repite lo mismo, levantando más una voz que queda suspendida en el aire, como con eco. A Matías le recuerda un poco los sermones del cura en la iglesia, palabras flotantes y a veces terribles que retumban en los muros para hacer más impresión.

Finalmente, el padre arroja el plato al suelo, que se rompe en pedazos, y la madre chilla asustada, mientras se cubre la cara instintivamente. “¿Eso te parece una comida decente?” pregunta señalando el plato roto. El padre se levanta y pone su boca, tensa y desencajada, a unos centímetros de la cara de su madre. “¡Contesta!”. La madre se encuentra ahora encogida, sollozando sin parar. “¿Esa mierda es comida para uno que se pasa el día trabajando como un cabrón, para que tú vivas como una puta reina?”. Matías se frota ahora las manos a toda velocidad hasta sentirlas incandescentes, y avanza hacia su padre con los brazos extendidos y los ojos cerrados. No lo está viendo, pero en ese preciso momento alza la mano contra su madre.

Antes de que el padre de Matías descargue el golpe que tiene preparado, el niño abre los ojos, y con toda la rabia y concentración de la que es capaz a sus ocho años, abre las manitas y dispara el rayo. Es un rayo verde, violento, intenso, mortal. Cuando sale del comedor, canturreando un himno de superhéroes, su madre recibe una bofetada. Aún recibirá muchas más en los años que siguen a esta escena, pero el tipo que se las dará será un trasunto de su padre, puede que un extraterrestre o una vaina mutante.

Para Matías, su padre, el verdadero, quedó ese día carbonizado al instante, convertido en un montoncito de cenizas.

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4 Respuestas a “Relato VIII: “EL RAYO”. Autor: PABLOFF

  1. La fuerza de la mente, el poder del deseo, el rayo. Del amor por la madre maltratada surge la necesidad de defenderla. La imaginación y la valentía de un niño que sufre.
    ¡Espléndido relato, Pabloff!!!

  2. Recuerdo de niña también intentar usar mis superpoderes valiéndome de los muñecos. Por suerte tuve una infancia feliz y no necesité, como Matías, que destruyeran a mis padres, aunque sí a alguna maestra marimandona del colegio.
    Es un relato con garra: me ha gustado mucho.

  3. Me ha gustado este relato. Yo fulmino, paralelamente, al niño del relato al maltratador, en general, sin distinción de género, etnia, condición social, etc… Ojalá ese rayo fuera mágico de verdad y consiguiera borrara esos rasgos que caracterizan a los COBARDES que son capaces de querer demostrarse lo MACHOTES que son.

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