Relato X: “LA TORMENTA”. Autor: DDALUZ

Un niño contemplaba la tormenta que se avecinaba. Todo el mundo corría a guarecerse de ella temerosos de los rayos que en la lejanía amenazaban con carbonizar el lugar. Las hojas tintineaban y los árboles se mecían por la fuerza del repentino viento salvaje. Las madres tomaban de la mano a sus hijos que, espantados por esos rostros asustados, agachaban la cabeza y se escondían en la gran casa.
Aquel niño se sentó en el suelo mirando fijamente el cielo y los rayos galopantes. No tenía miedo alguno y su disfrute era oler la tierra húmeda, sentir la potencia devastadora de los truenos y los rayos, dejarse acariciar por la lluvia. No entendía la prisa de aquellos padres y sus hijos por esconderse y huir de semejante espectáculo. Le hacía gracia, en todo caso, el ajetreo desordenado, los movimientos compulsivos, el griterío.
Cuando la lluvia intensificó su densidad, alguien se acordó del chico. Una mujer se le acercó con la suficiente serenidad. Llamó al niño por su nombre y este, al girarse, vio en aquellos grandes ojos azules el mismo amor que veía en el cielo generoso:
— ¿Qué haces aquí? Viene la tormenta.
— Esperarla, pues soy parte de ella.
Semejante respuesta dejó boquiabierta a la dulce mujer. De un golpe verbal le había arrancado el miedo a la adulta.
Ella le sonrió tierna y, respetando los deseos del niño, permaneció junto a él durante un rato indefinible, contemplando ambos el magnífico espectáculo que ante ellos se desplegaba, dejándose engullir por la tormenta, aceptando la sanadora agua que caía del cielo. Al cabo de un tiempo, la dama cogió suavemente la mano del niño:
—Vamos a verla desde el pórtico, mi niño.
Él, dócil, asió la mano de la señora y, despacio, sin dejar de mirar los cielos, caminaron hasta ponerse a cubierto.
Pasaron muchos años. El niño se fue haciendo hombre y la mujer fue madurando hasta envejecer. De hito en hito a lo largo de esos caminos, ambos se cruzaban y ambos volvían a sentir la dulzura de aquel instante como si, a pesar de las apariencias del cuerpo, sus espíritus se hubieran vinculado para siempre en ese amor.
Aquel momento mágico le otorgó al niño el atrevimiento de jugar, sin miedo, con todo aquello que el universo le proporcionara. Nunca, ni en su vida “adulta”, y a pesar de los “adultos”, ni en su vejez, perdió el sentido de la vida como juego, como creación más allá de lo que los adultos daban por hecho, o creían que sabían o creían que debían ser las cosas, el mundo, el universo.
Y el ahora joven no cejó de experimentar a través de sí mismo, más allá de las teorías y las normas, con todo lo que se le puso por delante. Llegado el momento de los lenguajes, fuere musical, escultórico, oral, escrito, matemático, visual, etcétera, el joven vio en ellos, como en la tormenta, como en el universo, sus infinitas posibilidades, su disposición a ser usado por el creador y con ello su elasticidad, su maleabilidad, su ilimitada admisión de juego.
Como ante un mecano, se dedicó el joven a despedazarlo y recomponerlo a su gusto haciendo oídos sordos a lo que los adultos daban por correcto o normativo. Se dedicó con ellos, con los lenguajes a los que accedió, a crear sus propios universos como un niño que, frente al mar, izara con paciencia sus propios castillos libre de cualquier norma arquitectónica que le limitara. El puro placer de jugar, el puro placer de crear: la creación pura.
Comprobó con alegría que los adultos eran incapaces de entrar en sus mundos. Comprendió muy pronto, al ver a los niños que sí entraban en sus juegos verbales, que los “adultos”, tan enseñados ya, tan leídos, tan preparados para la vida, habían perdido su sentido del juego. En cambio, los niños e incluso los adolescentes un tanto rebeldes, entraban en sus composiciones a la primera mirada partiendo del elemento visual, el imperante, el más directo, el más sencillo.
Siempre le hizo gracia al ahora joven que la mayoría de adultos le exigieran simplificar, cuando sus composiciones eran tan infantiles y simples que sólo un niño no contaminado por milenios de cultura accedía sin fricciones a ellas.
Se dio cuenta de que a quien realmente pedían simplificar era a ellos mismos, tan embotados ya de creencias y pensamientos caducos que se habían quedado ciegos ante lo que tenían delante de sus narices. Eran incapaces incluso de reconocer en su hermano, o en su hijo, o en su amigo o amante al ser real que estaba con ellos pues una gigantesca pantalla racional se lo impedía, condicionados también por el qué dirán o por la necesidad de “uniformar” la realidad para sentirse más seguros, más tranquilos, a cubierto en el pórtico de sus casas de la amenazadora tormenta.
Aquel niño decidió por, sobre y a pesar de ellos, sacar adelante su obra infantil eludiendo confundirse con sus miedos. Se había hecho adulto al aprender a rechazar todo aquello que no fuera amor. A veces, en las tormentas, aquella dama le visita y, juntos, permanecen calmos en la oscuridad esperando que un rayo les ilumine

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