Relato IX: TURISTA ACCIDENTAL. Autor: COLETTE

Nunca descubres quien eres, aunque vivas doscientos años. Y quizás sea una suerte. Es curioso cómo hoy día cada vez que tratas de darte de alta en una red social te dan unos 500 caracteres para hablar de ti, definirte para que aquellos desconocidos que lo lean piensen ¡eh!, ¡sé quién es esa persona! No, lo siento, no lo sabes, yo misma no se quién soy y estoy más cerca de mí de lo que lo estarás tú nunca. Créeme, rellenar esa casilla siempre me provoca un desasosiego existencialista, pero tampoco me gusta dejarla en blanco, supongo que adolezco de horror vacui cuando me dan un formulario. Últimamente escribo un escueto: soy la excepción que no confirma nada; pero no deja que ser la expresión del estereotipo inconformista integrado, nada original, nada personal. Lo que no entiendo es que alguien pueda quedarse satisfecho con lo que escribe ahí. Creo que no hay nada más triste como proponerte definirte en tres líneas y conseguirlo.

Cuando tenía quince pensaba que a los veinticinco sabría quién era yo. Con veinticinco me di cuenta de que el tiempo pasa muy rápido y me cité conmigo misma a los treinta y cinco postergando la misión de resolver el misterio de mi vida. Cumplí los treinta y cinco y miré atrás, vi relaciones que empezaban y terminaban, proyectos a los que nunca se les concedía tiempo o dinero para realizarse, intenciones sin respaldo, listas y más listas de propuestas de año nuevo que iban limando las expectativas del año anterior.  Yo era algo a través de lo que ocurrían las cosas, un medio y no un fin. Mi vida en términos esenciales era un absoluto fracaso.

Lo bueno de las crisis existenciales es que, como un virus informático, te dan la oportunidad de formatear el disco duro y empezar de nuevo. Al fin y al cabo cuando no hay nada que perder, porque todo está perdido, hay mucho que ganar. Mi terapeuta me dio una solución estándar a mi hastío de mí: expande tus horizontes, viaja.

No me gusta viajar. Puedo darte todas las razones que me pidas: no me gustan los hoteles, odio las excursiones programadas, según mi horóscopo los viajes no son lo mío y la palabra turista la tengo asociada a sandalias sobre calcetines, sombreros ridículos, cámaras de fotos desechables y un ansia superficial y artificial de integrarse en una cultura de la que solo vemos la cara bonita y económicamente favorable. Se lo comenté, ella se encogió de hombros y me recomendó algunos libros, de autoayuda. Tomé nota y salí de la consulta, no sé hasta qué punto los psicólogos son conscientes de que cavan la tumba de su propia profesión al escribir tantos libros de autoayuda.

Compré los libros y luego salí a comer con una amiga. Dio la razón a la terapeuta, si hubiera hecho lo contrario me habría extrañado. Se dedica a escribir guías de viaje; mientras ella está de expedición poniendo a prueba hoteles, restaurantes y destinos turísticos yo cuido de su gato y le riego las plantas. Podría decir que esa situación nos define a ambas, pero no lo hace. Antes de despedirnos me hizo prometerle que saldría por ahí, le dije que tenía pensado tomar un vuelo para ir a casa de mis padres. Se quedó satisfecha.

El billete tenía un precio ridículo y me dejaba en Madrid para después seguir su ruta hacia Praga. Ya dentro del avión descubrí que la escala en la capital era de descarga de equipaje, no de pasajeros. Molesta por mi error, durante el vuelo decidí cambiar el pasaje nada más llegara a tierra; pero ya en el mostrador, a todas luces parecía más sencillo y barato quedarme hasta el día que aparecía en el billete de vuelta, una semana después. Así que me resigné a afrontar que, por accidente, había quedado convertida en turista, pues no tenía más que hacer en Praga que dedicarme al placer de la visita y eso, señores míos, es el espíritu del turismo.

Nada de sandalias y calcetines, ni sombreros estrambóticos, hacía un frío terrible; tuve que comprarme un gorro, discreto, eso sí, y algo de ropa de abrigo. Tampoco llevaba cámara, no la había cogido y no pensaba comprar ninguna, prefería disfrutar de lo que veía sin el filtro del objetivo. Muchas personas pasan sus viajes esclavizados por sus cámaras de fotografía y vídeo con el terrible imperativo de apresarlo todo en una memoria flash. Una de las ventajas de ser un turista accidental es que tus recuerdos se graban en soportes neuronales y se reproducen en reproductores bioquímicos. Otra es que no eliges el destino así que no tienes porqué acabar en un lugar común. Había aterrizado en Praga sin una ruta previa y seguí con esa dinámica libre y accidental. Me negué a decidir qué me gustaba de antemano y preferí dejarme llevar recorriendo calles no turísticas, entrando en cualquier restaurante y eligiendo cualquier comida, sin buscar el plato típico.

Los lugares nuevos terminan por convertirse en viejos cuando se deja pasar el tiempo suficiente. Posiblemente por eso la gente viajera siempre está buscando un destino diferente. Pero al final incluso el cambio se convierte en rutina y el sedentarismo en novedad. Ha sido una experiencia interesante, pero sigue siendo una experiencia más; no me gusta viajar, pero eso no me define, pues aquí estoy, viajando; es la excepción que no confirma nada porque tal vez vuelva a hacerlo. Supongo que al final es éso, todas las experiencias de nuestra vida, esas que no dicen nada por separado, cobran sentido al final cuando ya no se añade ninguna más y entonces podemos verlas todas en perspectiva. Pero para entonces, ya no podemos disfrutar ese sentido, y morimos sin paz, aun con la incertidumbre de saber quiénes hemos sido, a sabiendas de que tal vez todas las grandes experiencias que hemos tenido y merecían la pena fueron sólo accidentes y nosotros, en nuestra propia vida, sólo unos turistas accidentales.

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