Relato VII: EL FIN DE MI ERA. Autor: VICKY

Tengo en el pecho atravesada esa ciudad que gris, no mendiga verde, ni azul. Mi historia es la típica de alguien que vive en el oriente de la ciudad. De esos hermosos lotes, esas fincas rodeadas de la paz de un amanecer sólo quedaron edificios, y nosotras, las mujeres del pasado, que satisfacemos nuestra necesidad de vida en la cocina, abarrotadas de tintos y aromáticas, pasamos esta vejez pensionada rodeadas de calles, de centros comerciales, en general… De una vida moderna que cada vez es más moderna, e ignora nuestro olor a hierbabuena.

Una mañana, de esas de soledad en las que el recuerdo de Eduardo me llenaba de lágrimas los espacios vacíos del corazón,  sentí un sonido en mi patio trasero. Un hermoso pájaro azul se movía desesperado entre las flores. Al principio me preocupó que destruyera las plantas, luego noté que tenía una pata fracturada. Le dejé un tazón de agua y me fui a rezar.

Una vez llegué, la pobre estaba dormida en un rincón. Me asomé por la ventana, iba a llover. Fui a la veterinaria y compré una jaula grande, muy grande de color plateado, donde se sintiera cómoda y segura. La puse al lado de la ventana para que viera a través de mis ojos las lluvias de la ciudad: niños y niñas pisando charcos, jóvenes besándose en la acera, buses a toda velocidad frenando intempestivamente, y en la esquina, una paloma que veía como las vidas se desplazaban en el tiempo, casi como un río que crece con la lluvia.

Ella estaba asustada, parecía sentirme como una depredadora. Traje unas semillas, y se las dejé en la cajita de la comida. Ella me miraba, no sé si con compasión o con extrañeza… Simplemente hacía un gesto de alerta. Eran las tres de la tarde y mientras cocía, sentía un aleteo estrellarse contra el metal.  Intentaba volar, aún herida.

Pasaron los meses, seguía intentado volar, pero nuestra amistad era fuerte, no la debía dejar partir ¿quién sabría entonces de mí? Esa pregunta me carcomía el alma cada vez que recordaba que ninguno de mis nietos me llamaba, cuando recordaba que mis hijos no tenían en cuenta mi existencia… Cada vez que recordaba que mi vida era la típica vida de una vieja que no pudo recrearse.

Elena, ese fue el nombre que elegí, contaba con la elegancia y la fuerza que impartía. En una ocasión, mientras limpiaba la jaula, ante la posibilidad de una ventana abierta intentó escapar. Me enfurecí tanto que la agarré y la lancé contra la jaula. Entre sollozos, aun con la esperanza de hacerla entender le dije: “no ves que te amo”. Ella me miraba con una extrañeza, con una desconfianza, con una distancia, que inclusive creo que lloraba sin lágrimas.

A mis amigas les conté sobre ella. Nos reunimos a preparar pastel de zanahoria y todas estaban fascinadas con la buena compañía. Estábamos felices mientras ella se percataba de lo que sucedía afuera. Era extraño, como si me castigara por quererla… Como si mi pecado fuese buscar un ala amiga al final de mis días.

Cada día caminaba mejor, es más, tras tres meses, ya caminaba perfecto. Sin embargo, en mi casa estaría mejor que en esas selvas, llenas de depredadores dispuestos a lastimarla. A mi lado tenía comida, tenía calor, tenía una amiga, sobre todo eso, tenía una amiga. Con el pasar de los días, quise enseñarle a hablar “si los loros pueden ¿por qué mi pájaro no?”, duraba horas y horas intentándole enseñar mi nombre: Alicia.

Un día, frustrada por la soledad que me carcomía los huesos, agité la jaula de tal manera que ella aleteó, chilló, se puso muy nerviosa, hasta que me rendí: “¿por qué no aprendes mi nombre?” Me senté rendida y lloré. Con la cabecita abajo, creo que ella también lloraba.

En el mes de octubre, decidí hacerme un chequeo médico. El doctor notó algo anormal y me remitió al especialista. Recuerdo esa oración, solamente esa oración: “la enfermedad está avanzada, tenemos que internarla en el hospital cuanto antes”. Me derrumbé; dos años intentando morir y cuando le encuentro significado a la vida, pasaba eso, algo verdaderamente injusto. En la primera que pensé fue en Elena, la tingua, que a mi parecer, había cuidado generosamente meses.

Apenas llegué a la casa, le conté. Ella estaba cabizbaja, debía ser por mí. Le dije: “tranquila, nadie nos va a separar, nadie. Te llevaré conmigo al hospital”. Me arreglaba entre nervios y melancolía. Con una rosa blanca colgada en el vestido, atravesé la sala, cuando llegué a la imagen de Eduardo, sonreí y le dije: “para allá voy”.

En la calle llovía. Ningún taxi pasaba, decidí caminar. Mientras veía el cielo, miré a Elena: parecía feliz, parecía emocionada; me pregunté ¿qué sería de ella tras mi muerte? Comprendí que antes de mí, para ella también hubo vida. Con lágrimas en mis ojos, ante ese cielo tormentoso, abrí la jaula y sentí que algo dentro de mí se iba. Paró un momento en un árbol… Me miraba con gratitud, con amor… Con una compasión que venía de la amistad. Voló sin rumbo fijo y era extraño, yo estaba más sola que nunca pero feliz: “adiós, vuela hacia el sol”. Postrada en esta cama, esperando con paz mi deceso, miro al cielo y pienso en ella “pronto seremos dos las que vuelen”.

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