Relato VIII: CINCUENTA MINUTOS. Autor: FEDERICO DREI

A las 7:15 suena el reloj-despertador. Siempre a la misma hora. Me pongo también un despertador convencional cinco minutos después. Si el día tiene algún acontecimiento importante, programo el teléfono móvil para que suene otros cinco minutos más tarde, diez más que el reloj-desperador; tres alarmas en 15 minutos.

Pese a la insistencia de los sonidos, Mónica no se despierta y sigue en su lado de la cama, tibia y profunda. Abandono lentamente el espacio común.

Anoche dejé preparada la cafetera. Ella toma infusiones, cuyo poder estimulante o alimenticio yo no entiendo. Abro la nevera y tomo un brick de leche que caduca en cinco días, pero hace ya tres que lo abrí; sabe bien. Saco también una tarrina de margarina y mermelada de frutos del bosque. Introduzco una rebanada de pan de molde en el tostador, sale aún blanco, la vuelvo a meter: ahora sí. El café comienza a borbotear, lo echo en la taza, poca leche, una cucharadita de miel. Unto la tostada y añado la mermelada. El sábado y el domingo todo es más lento, me tomo dos cafés y hago zumo de naranja natural; me molesta si no encuentro naranjas del tamaño adecuado: deben ser dos, sólo dos. Si son demasiado grandes me sale vaso y medio, que es una medida extraña. Ya sé que los zumos de cítricos hay que tomarlos rápidamente, pero no me gusta desayunar deprisa, no me gusta hacer nada deprisa, excepto afeitarme, que me parece una actividad desagradable que me gustaría evitar. Nunca he sabido si el zumo se toma antes o después del café; cuando estoy de viaje y me alojo en un hotel miro a otras personas, pero tampoco me orienta lo que hacen, tengo la impresión de que todos están tan perdidos como yo y que comen y beben sin un plan preconcebido, impulsivamente, que nos miramos todos y acabamos confusos e indigestos. De modo que me tomo el café con la tostada o galletas y después el zumo. Me levanto, lo pongo todo en la pila de fregar y voy cerrando las ventanas de la casa, que he abierto hace diez minutos; empieza a llegar el frío a la cocina, señal de que el tiempo necesario para que se ventile ha concluido. Imagino a Mónica encogiéndose bajo las sábanas.

Repaso la ropa: la camisa está casi presentable, me la puse el miércoles, pero es blanca y no está perfecta, aunque aún presente huellas de la plancha en las mangas. Preparo una absolutamente limpia, azul celeste, ideal para la corbata que me regaló la madre de Mónica en Navidades. Vuelvo a la cocina: otro trago del zumo, queda aún medio vaso. Lo cojo y me lo llevo al cuarto de aseo. Abro el grifo del agua caliente de la ducha: sé que tardará un minuto en salir a la temperatura que deseo. El reloj que tengo sobre la encimera del aseo señala las 7:45. Cuatro minutos de ducha: primero el pelo, después el cuerpo. Tardo pocos segundos en secarme y peinarme, alguno más en distribuir una nuez de espuma en el escaso pelo que peino hacia atrás, desodorante, bastoncitos para los oídos y, si es fin de semana, sesión de hidratante para el cuerpo (dos minutos más) y de cuidado de los pies (no menos de 10 minutos). Salgo del cuarto de aseo y me pongo la ropa interior, pantalones y calcetines. Vuelvo al cuarto de aseo, termino el zumo y llevo el vaso a la cocina. Regreso y comienzo el afeitado: me gustaría hacerlo deprisa, pero no sé, me corto a veces cuando repaso con la desechable los rincones que la eléctrica no acaba de dejar perfectos. Cinco minutos es lo mínimo. Si estoy nervioso lo hago peor, pueden ser seis o siete. Limpio con cuidado las cuchillas y cuido de no golpearlas contra el lavabo desde que la última novia que tuve antes de casarme me abroncó por hacerlo; según dijo, es una asquerosa costumbre masculina que descascarilla los lavabos. Tuve ganas de preguntar cuántos de esos supuestos destrozos habían formado semejante opinión, pero no lo hice, me limité a sonreír y añadí: “Tienes razón”. No me dejó por eso, creo.

Tengo un poco de tripa, me doy cuenta cada mañana, pero no es mucha, sigo pudiendo usar pantalones de la talla 44. Me pongo la camisa. Hay unas gotas de sangre bajo la barbilla. Intento detener la tímida hemorragia con papel, parece que con éxito. Después, la corbata, tengo cierta habilidad para calcular la longitud a la que me gusta, tres centímetros sobre el cinturón. Ya estoy listo. Son las ocho.

Entro al dormitorio. Mónica abre los ojos y pregunta qué hora es. Se levanta despacio y se dirige al cuarto de aseo. Aprovecho para doblar el sujetador del día anterior, una copa dentro de otra, 85B, es de Calvin Klein, ella dice que muy cómodo. Lo guardo en el caótico cajón de su ropa interior. Pongo encima de su mesita otro de Women’Secret y unas braguitas a juego. Algunas mañanas me gusta sugerirle la ropa interior y pensar en ella todo el día. Oigo el agua y una emisora de música clásica mientras busco el abrigo; probablemente fuera no hay más de cuatro grados.

Abro la puerta del aseo. Está desnuda, secándose el pelo. Me agrada verla así. “¿Te vas?”, me dice. “Son las ocho y cinco”, respondo. Algún fin de semana hemos hecho el amor allí, al salir de la ducha, con el cuerpo mojado y sin necesidad de palabras. La miro unos segundos, la recorro; ella sabe lo que estoy pensando, me regala el esbozo de una sonrisa mientras roza mis labios con los suyos y su pelo húmedo me moja la frente.

“Te quiero”, oigo decir cuando estoy cerrando la puerta. En el ascensor repaso sus tallas y medidas. Volveré sobre las siete y media de la tarde. Con tráfico normal.

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