Relato XII: PASAJE. Autor: GAVILÁN TRISTE

Hoy me desperté con un sol de aquellos morrocoyeros. Casitas de palma, corredores de tierra y estacas. Después del desayuno ya no tengo más nada que hacer,  aparte de mirar a mi madre podar las matas. La tarde anterior ayudé a mi hermano llenar la tinajera y el tanque. Siempre hacemos este oficio. Desde hace una hora lo vi partir con mi padrastro al monte.

Subo la pequeña cuesta, por todo el centro de la calle. No hay nadie. Llego a la casa de don Julio Almanza, de blanco pintada. Entre las franjas verdes aparece un salpicado de cemento igualmente de blanco. El corredor está fresco y reluciente a la sombra de cuatro abetos que calman el sol de la tarde. Me siento, el silencio es total, un silencio de panteón el cual es roto por un ¡sio! La señora espanta la gallina que intenta meterse a la sala. Veo pasar grillos, abejas y mariposas de todos los colores. Voy al callejón de Turiano, me traigo una varita larga, flexible, de esas de hacer barriletes. Me siento, llama mi atención la arena suave, suelta y azulosa que se acumula en la placita, al frente de la tienda de Rosenberg, quien está de espaldas cotejando artículos. Miro calle arriba, más casas humildes, miro calle abajo, veo la loma de Ana Ramírez que también tiene ventorro. No veo mi casa, pero si las copas de los grandes caracolíes que pueblan el pozo público y la escorrentía que atraviesa el camino, que también es calle. Aquí, entre las ampulosas “combas” de las raíces sacan los patos de mi madre.  Veo venir una puerca flaca que acaba de destetar, pienso asustarla con la varita, pero se metió al solar de Pandengo. En este preciso momento siento que algo sube por mi pie descalzo. Es un gusano de matarratón. Lo subo al tallo de uno de los abetos; pero se tira. Camino unos metros más y lo dejo en un tallo de esta planta. Espero un ratico hasta que lo veo subir alegre.

Ahora ya están, producen un zumbido como de muchos aviones juntos, se posan una fracción de segundo frente a mi cara, oigo la musicalidad, parece que retan mi brazo. Intento una, dos, tres veces y no logro derribar ninguno. Entran y salen de las pequeñas cavernas construidas en la blanca pared. En esto consiste mi diversión, ellos en retarme, yo en derribarles. Parecen abejas de monte. Escucho pasos en la sala, miro, está don Julio en el tinajero, color madera, con gruesos vasos de vidrio colgando de las rejillas. Saca agua en su jarrón, la sobrante la tira al patio. Ahí mismo entra un perro criollo, bebe del tiesto que está debajo y que recoge el agua destilada, la cual permanece helada. El perro no demoró, apenas fue un acto reflejo cómo para imitar a su amo. Extiendo la vista al fondo del patio, distingo el chiquero de los marranos, el pilón y un montón de leña. Don Julio llegó hasta el árbol de pepo en donde lo aguarda un burro bien aperado. Con la ayuda del garabato trepó de un salto. Sale por la puerta del corral hecha de vara de humo, me ve, no dice nada.

Agarro la varita y me dispongo de nuevo azotar los abejorros de entretenidos sonidos, pero en el instante oigo el llamado de mi madre.

Hoy me he levantado con un sol de aquellos morrocoyeros, escucho la voz de mi mujer para que baje a desayunar. Me siento a la mesa y por la ventana, no dejo de mirar.

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