Relato XIII: DESPEDIDA DE SOLTERO . Autor: CINDY

–          Venga! ¡Venga, no te amilanes ahora! ¡Que tú eres un machote! –exclamaba con su profundo vozarrón Emeterio al tiempo que aporreaba la espalda de un asustado Felipe-. ¡Ya verás el bomboncito que te he preparado!

–          No tenías porqué haberlo hecho –protestó el homenajeado con un hilillo de voz prácticamente inaudible-. Te dije que no me gustaban estas cosas…

–          ¿Qué no te gustan? ¿Qué es lo que no te gusta, eh? ¿Las tías? ¿Las cachondas? ¡No me digas que te volviste maricón!

La audiencia que formaban otros cuatro los acompañaron con una sonora carcajada.

En la habitación vecina, escuchando lo que ocurría en la sala principal, Cindy, se colocaba la liga de cuero en su muslo izquierdo.

Hoy le tocaba montar el numerito de la policía sado-maso. No entendía por qué las despedidas de soltero eran tan burdas, soeces, ordinarias, pero a ella le venían de perlas. Disfrutaba con su trabajo; era buena, muy buena, la mejor stripper de la ciudad; con la agenda cubierta hasta dentro de dos meses y tres semanas, nadie le hacía la competencia. Quizás Pepi, la del barrio viejo, pero… ¡qué va!, ¿qué podía hacer aquella “choni” frente a sus larguísimas piernas, su afinada cintura, un sujetador de la ciento quince y aquel canalillo en donde todos pretendían sumergir su cara? Su esfuerzo le había costado. Y también sus buenas pelas; dinero que ya tenía más que amortizado porque, eso sí, se cotizaba y bien.

Se alzó sobre sus tacones de doce centímetros y examinó el resultado frente al espejo del dormitorio principal. Le gustó la imagen reflejada.

Miró a su alrededor. El hombre que la había contratado y cuyo vozarrón sobresalía por encima de los demás, tenía bastante gusto. Le llamó la atención la cantidad de fotografías con el tipo de protagonista. En la primera, se le veía vestido de verde dentro de un quirófano sosteniendo satisfecho a un sanguinolento bebé. En otra, agarraba con una mano las riendas de un poni al tiempo que con la otra ayudaba a una chiquitina a subir al estribo. En la tercera, sujetaba una enorme tarta con velas encendidas y la ofrecía a una adolescente que parecía ser la misma pequeña. Sorprendentemente, es él el que sopla para apagarlas ante el asombro de la joven.

–          Un buen padre –opinó Cindy-. Aunque no tan buen esposo. No se ve la mujer por ninguna parte.

Terminó de colocarse la peluca platino y se puso su gorra.

–          Chatina, no puedes estar más buena –piropeó a su gemela virtual, y se dirigió al foso donde le esperaban aquellas seis fieras.

Cuando hizo su entrada, se encontró con la siguiente escena: el novio, que se distinguía entre todos por llevar impuesta una coronita de flores blancas, la miraba aterrado con irrefrenables ganas de escapar; el dueño de la casa sujetaba al primero por detrás del cuello como si se tratara de su marioneta, intentando que ése fuera el primero en abalanzarse sobre ella; los demás señalaban al coronado gritando al unísono: “¡Es éste, éste es, el novio virgen y santo y puro!”.

Cindy sintió pena por él. Se notaba que lo estaba pasando mal, pero, ¿qué otra cosa podía hacer ella? Su misión era hacerle pasar una noche especial, algo que no olvidara jamás. Estaba segura de que lo conseguiría con el simple aleteo de sus larguísimas pestañas.

Camina primero como una modelo: pasos de señorita tímida, se detiene, abre las piernas, se inclina, y luce un esplendoroso trasero; contonea sus caderas, rodea las sillas y a todos lanza besos y caricias; se sienta a horcajadas sobre el aterrorizado novio y sus pechos rozan con suavidad el rostro de él.

La víctima no puede ni tragar. Está fosilizado, petrificado como estatua de sal. No respira, lo único que desea es largarse de allí y dejar atrás aquella tortura.

Emeterio se acerca a la pareja, toma las manos de Felipe y, de nuevo tratándole como un títere, hace que esas manos de hombre la soben, la agarren, la pellizquen.

El coro de amigos no puede más ante el espectáculo. Las lágrimas les corren mejillas abajo, tienen las mandíbulas desencajadas, se apoyan sobre la mesa agotados de tanto reír.

–          Anda que si no llega a ser por mí… –dice Emeterio-. Si no llega a ser por mí, tú mañana no sabes ni qué hacer con tu mujer –escupe satisfecho ante el aplauso general.

Felipe se deshace de su prisión y, perdido del todo su control, exclama:

–          Ah, ¿sí? ¿De verdad Emeterio?, ¿de verdad? ¿Y por qué no le preguntas a Lina? Anda, ve y pregúntale, pregúntale por quién te cambió ella.


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