Relato XIV: EL COLCHÓN. Autor: TARA

Aquel día fue especialmente duro para los ángeles y los demonios de mi cabeza. No paraban de discutir entre ellos sin darme tregua para poder vivir en paz. No había dormido prácticamente nada y los fragmentos de tiempo en que mi mente acariciaba el sueño se convertían en poco tiempo en pesadillas lúgubres que me hacia sudar y gritar en mitad de la noche. Y ahora en el banco del parque donde me encontraba esos seres sin misericordia seguían luchando.

Toda esta agitación nocturna que me había llevado al banco del parque, le tenía sin cuidado a la persona que conmigo compartía la cama: mi marido. – la cama cuanto más grande mejor, así no nos molestaremos amor- me decía sin el más ligero rubor, con la tranquilidad que da el pensamiento conformista que fomentan  las sociedades consumistas.

Qué graciosa frase: “no nos molestaremos, amor”- Vaya mierda- diría yo.  Recordé que mientras el vendedor del Corte Inglés nos enseñaba  cama, no dejaba de pensar en imágenes en las que mi marido, sí que me molestaba,  y me decía que quería hacer el amor todas las noches conmigo  y que la cama de dos metros sería lo suficientemente grande para poder ejercitar todas las posturas amorosas posibles sin caerse al suelo. En esas imágenes de mi cabeza, allí estaba yo completamente desnuda, sin rubor, con pechos y piernas al aire, sin miedo a las ventanas,  a los fantasmas de mi educación franquista basada en el qué dirán y en el miedo a la preñez.

Esta noche la pesadilla había sido aún peor que otras noches. Los demonios habían ganado sin lugar a dudas. En mi pesadilla la cama se hacía cada vez más grande, más difícil de recorrer, más tortuosa. Al principio era cada vez más difícil chocar con una pierna de mi compañero, luego más difícil tocar su mano, su culo,  su cara. Pero luego no le encontraba, no me oía gritar, no me ayudaba. La cama se convertía en un desierto lleno de dunas, con un calor insoportable en el que solo se escuchaba el eco de mis lamentos y de mis dudas. Y luego nada. No había nadie para acompañarme, para amarme. Cuando despertaba de mi pesadilla sólo escuchaba ronquidos entrecortados que subían y subían en intensidad hasta llegar a un culmen en el que solo había dos opciones: o moría por falta de aire o seguía respirando. Casi siempre ocurría lo segundo.

Pero entonces ocurrió lo inesperado. Mi querido marido pudo articular varias palabras entre ronquido y ronquido. – Te voy a hacer el amor hasta que la cama se rompa-. Yo, medio dormida, con esa tonta ilusión que nace de la ignorancia más absoluta, me dije a mi misma:- ¡Por fin!, hoy se interesa por mí.-  Pero claro como las alegrías escasean en estos tiempos de crisis, acto seguido la frase volvió a salir de sus labios pero con una pequeña pero sustancial variación: – Te voy a hacer el amor hasta que la cama se rompa, Lucia.-

Entre el sueño y la vigilia llegué a preguntarme si yo me llamaba Lucia. –Lucia, ¡los cojones!, yo me llamo Ana, ¡coño! –Pensé despertándome en seco. Lucía es esa compañera de trabajo con la que me compara constantemente y de la que me dice que viste muy bien, y que últimamente siempre tiene en la boca. Y esta vez sospecho que no sólo en sentido figurado, el muy mamón.

El desayuno había sido lo esperado. – Me voy a trabajar, que llego tarde, esta noche tengo que currar dos horas más, el cabrón de mi jefe se está aprovechando de esta mierda de crisis.-Dijo-

-Si, si, el cabrón de su jefe o la cabrona de la tal “Lucia”- pensé yo.

Pero volvamos al banco del parque donde mis demonios ganaban ya el partido por goleada. Ahora la felicidad inundaba cada vez más mi cabeza y dejaba una grata relajación en mis músculos al pensar en la venganza.

Cuando mi relajado marido volvió a casa el colchón de dos metros estaba en el comedor. Me preguntó desconcertado por aquel extraño evento. – No es nada, amor, ya sabes, hacer algo especial para salir de la rutina.-

-Quiero que cenemos encima del colchón, y que luego me hagas el amor. -le dije-

Después de decirme en repetidas ocasiones que me estaba pasando y que las noches de los lunes no eran las más adecuadas para trasnochar ni cometer locuras, lo convencí de cenar una estupenda fondue de queso con carne que acompañamos con un vino oscuro como los pensamientos de mi cabeza.

Después de cenar le convencí para que hiciéramos el amor. Me costó pero al final cedió ante mi insistencia.

Lo até a una columna del comedor que estaba al lado del colchón de dos metros,  le embadurné el cuerpo de queso fundido y le excité hasta poner bien alta ese oscuro objeto de deseo por el que tanto había suspirado últimamente. Entonces me levanté y abrí la puerta al vendedor de cochones del Corte Inglés. Sí, ese vendedor tan seguro de sí mismo, tan guapo, tan simpático, y tan tonto como para creerse que mi cuerpo anhelaba su sexo desde el día de que lo vi.

Mi pareja empezó a decirme que si estaba loca, que si era una broma, que si ésto, que si lo otro… se agitaba en el colchón perplejo.

El vendedor también se quedó extrañado pero me fue fácil convencerle de que a mi pareja y a mí nos gustaban los jueguecitos eróticos.

Y sí, me hizo el amor en el colchón de dos metros, y no una vez, sino dos, tres, cuatro. Todas las veces que mi marido me había ninguneado en el transcurso de nuestra mierda de convivencia.

Cuando acabamos de retozar me volví hacia mi marido y le dije:- Un acierto lo del colchón de dos metros, cabemos tres y sin problemas. La próxima juerga puedes invitar también a tu amiga Lucía. Igual jodemos los cuatro y ni nos molestamos-

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