Relato I: SANTA LUCÍA. Autor: MANUEL ARTURO

César Rodríguez llegó a la isla en 1994. Dolores en las articulaciones y males del corazón lo sacaron espantado de las montañas continentales. Santa Lucía es una isla en un rincón del Pacífico. Tiene aguas apasionadamente azules y casas que recuerdan la llegada de capitanes y piratas ingleses a lugares recónditos del sur.
Ha abandonado las soledades del Ártico. Su cuerpo enorme se mece de arriba hacia abajo, se libera de espasmos y celebra el atisbo de rayos solares. Emerge con elegancia y expulsa vapor.
Mientras César se aproxima hacia la isla en un barco con turistas, lo sorprende el cese inesperado de los motores. Negros con sonrisas de marfil y cuerpos esculpidos por Miguel Ángel se acercan en canoas. Extranjeros felices con sombreros y protector solar se apoyan en la orilla del barco; lanzan monedas y billetes al mar. Los hombres de las canoas bucean a pulmón libre y sacan cada uno de los centavos arrojados. La gente aplaude.
César, estás indignado ¿te vas a devolver a tu ciudad fría? No, no te devuelves. Has abandonado las filas de los bancos y las lluvias de octubre. El clima de la isla te seduce.
-Escúchenme bien- dijo Daniel-. Nos vamos despasito al patio de la casa, sin hacer ruido y cuando se distraigan cogemos las flores ¿entendido? Si hay cruces, cadenas o vírgenes, también.
-Seño y si nos cogen-dijo Wilson-.
-Peladito, nadie lo va a pescar-dijo Daniel-. Al final del día nos vemos pa’ repartirnos la ganancia. Yo veré Wilson, no se puede dejar atrapar.
-Esa casa cuesta mucho, doña Marta-dijo César-. Usted me está estafando sólo porque no soy de acá. Cruzas los brazos, piensas que en ese lugar podrás vender helados mientras ves el mar ¿verdad?
-No cuestan mucho amigo-dijo Wilson-. Son jazmines frescos. Mire, tóquelos, los mejores de por acá.
-Bueno doña Marta, no se ponga brava-dijo César-. Es mi última oferta ¿lo toma o lo deja?
-Yo no le puedo rebajar-dijo Wilson-. Tengo que mantener a mis hermanitos.
Hombres con ojos rasgados se aproximan al puerto. El monótono sonido de las olas y el azul profundo no dan pistas de alguna bestia desprevenida.
-Es un placer hacer negocios con usted doña Marta-dijo César-. Te brillan los ojos e imaginas el mar de mil colores, la vida pausada y los niños revoloteando en tu garaje por uno de vainilla.
-Gracias, disfrútelas y que conquiste a esa mujer-dijo Wilson-. Un sonido de tripas lo confunde ¿la culpa o el hambre? Las dos. Camina sin rumbo.
-¿Quieres uno?- preguntó César con voz paternal, tras notar a un negrito con ojos enormes pegados al cristal-.
-¿Cuánto es que cuestan?-preguntó Wilson-. Se mete las manos al bolsillo, intenta contar con los dedos los billetes y las monedas, sin hacerlos sonar. La sed, el mar y la niñez cuando se mezclan son irrefrenables.
-Cinco barras por ser tú-dijo César-. Lo mira atento. Supone que no tiene dinero; le sonríe.
-Como mínimo debes tener cinco barras-dijo Daniel-. ¿Te crees más inteligente que yo? Se levanta de la silla y coge un bate. Su piel oscura resalta esos ojos turbios y asesinos, como laberintos.
-¡Cinco barras es mucho! Yo no tengo tanta plata-dijo Wilson-. Te ruborizas ¿por pobre o por ladrón?
-Tranquilo, te lo dejo a dos barras-dijo César-. Coge un vasito y un cucharón de helados, listo para servirle lo que él le pida.
Sin tiempo para pensar, Wilson dice en tono marcial que quiere uno de vainilla y pone un billete con imponencia.
-¡Cinco barras es muy poquito! ¡Pendejo!-dijo Daniel-. ¿Crees que nos vas a engañar? ¿Crees que nos vas a robar a nosotros que te enseñamos?
-Aquí está el helado-dijo César-. Recibe el dinero y cierra la caja registradora. Se lava las manos, las seca y concentra su atención en otro niño.
El barco tambalea. Un grupo de tiburones se ve en lo profundo. La tripulación alista los arpones. Se escuchan sonidos de cuerdas y gritos en imperativo.
-Eres un güevón ¿nos crees idiotas? ¿Cómo que te gastaste todo en un helado?-dijo Daniel-. Le empuja la cabeza contra la pared; se escucha un sonido grave y contundente.
Wilson solloza mientras sus compañeros miran absortos. No te puedes defender: él es grande y tú pequeño.
-Coge esta pistola y si a media noche no me traes lo que me debes, te quiebro- dijo Daniel-. Escóndela y si te cogen yo digo que no te conozco pa’ que te encierren por mentiroso.
Wilson camina con el olor de la muerte y un metal pesado en el bolsillito. Solloza y sus pequeñas manos le sudan. Piensa a quién asaltar, si en la isla nadie tiene nada. Una pequeña alegría sobreviene cuando recuerda que su héroe favorito también tiene un arma.
Se mueve magnánima. Las olas del mar aceleran su frecuencia, los pájaros se paran en el barco. Aletea y huye de los tiburones, golpea los cascos de la máquina.
-Pásame todo lo que tienes en la caja registradora- le dijo Wilson con el revólver apuntándole a la sien-. Las manos le tiemblan pero su mirada está inundada de túneles oscuros.
Siente las cuerdas que la entrelazan y desesperada se agita de arriba para abajo. Muerde las redes y pide auxilio con un sonido que hace vibrar los metales del barco. Los tiburones se acercan.
César suda. No sabe si es un juego. Se aproxima a Wilson, intenta decirle algo, acerca su mano para quitarle la pistola.
Un arpón penetra su frente, el mar se tiñe de sangre, la tripulación celebra y los tiburones se alejan. Tokio tiene otro plato de ballena.
En Santa Lucía entierran a los muertos en el patio de la casa. Los cuerpos los devora la tierra, sólo quedan cruces y flores en la superficie. No duran mucho, los ladronzuelos roban la decoración para vendérsela a turistas.
Tras la muerte de César ocurre algo inusual: a pesar de no tener familia y saberse que en Santa Lucía no crecen muchas orquídeas, su tumba permanece con flores frescas de vainilla.

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