Relato III: AJUSTE DE CUENTAS. Autor: MANUEL K.

“Como la noche helada que el postigo ha borrado para siempre a mis espaldas”
Julio Llamazares: Luna de lobos

Salen del adosado a las doce menos cuarto. Ernesto Sáez Buendía, 62 años, buena planta, traje oscuro, mirada enérgica. Asida de su brazo, Juana Sáez Romero, poco más de 30, muy hermosa. Hijo y nieta de Federico Sáez Alvar.

Aquel día de enero de 2003 sentí que cumplía el encargo que mi abuela nunca me hizo. Las escasas pertenencias que dejó al morir, a principios del último otoño, incluían un par de carpetas con cartas y documentos del pasado. Mi madre, única hija tras la prematura muerte de su hermano, no nos había transmitido resentimiento alguno por lo que sufrieron al perder la Guerra, ni siquiera una leve inquietud política. Me dio esos papeles un domingo antes de comer: “Tú que has escrito algún libro, a lo mejor te interesan”. Ella había tomado hacía mucho la decisión de vivir hacia el día siguiente y no hablar nunca de aquel tiempo.
Sólo dos carpetas, pero cada una de las hojas era un fragmento de la historia de mi familia, también de la Historia de España. La más antigua llevaba fecha de 1936, al poco de comenzar la Guerra. La última, de 1942. Eran papeles escritos por mi abuelo hasta su muerte; después, casi todos los firmaba mi abuela. En ambas carpetas ponía lo mismo: Andrés. Sólo las distinguía el diferente color de las gomas sin tensión.
Leí con detenimiento. Las primeras hojas eran cartas que hablaban de una guerra entusiasta al principio, pero que se sabía perdida a partir del año 38. La última cuartilla era de comienzos del 39. Andrés decía a su joven esposa que una herida lo mandaba a casa. Luego hay un informe médico y vacío hasta el verano. Andrés escribe entonces desde Murcia, donde ha sido recluido en un campo de concentración para prisioneros del bando republicano. Tras sus palabras se adivina desesperanza, aunque trata de dar a su mujer e hijos el ánimo que seguramente no tiene. En la última dice: “Ya queda poco para que termine el consejo de guerra, creo que todo irá bien. Tu hermano estuvo muy firme en su declaración (dale las gracias, no lo olvidaré nunca) y los jueces leyeron con detenimiento los documentos que enviaron en mi auxilio el cura de Alcancid, el alcalde y el jefe local de Falange. Espero volver pronto y darles las gracias en persona. Mañana viene al juicio Federico Sáez, el carpintero de la base, supongo que lo recuerdas, el que saqué de la cárcel…”.
No hay más cartas de él. Lo siguiente son peticiones de clemencia de mi abuela con la retórica de la época al dirigirse a las autoridades. Todas en vano. Con fecha de 15 de diciembre se le comunica que, en virtud de la sentencia condenatoria, su esposo, el teniente de aviación del ejército rojo Andrés Bonache Díaz, ha sido fusilado en el Centro Penitenciario de Murcia en aplicación de la condena por la que se le declaraba culpable de adhesión a la rebelión. Después, hay otras instancias pidiendo que le entreguen el cuerpo para enterrarlo en su pueblo. También encuentro la solicitud de una pensión de orfandad para los hijos. Todas denegadas. En una de las respuestas leo esto: “Comprenderá usted, señora, que siendo limitados los recursos, han de utilizarse para auxiliar a los hijos de los buenos españoles y no a los hijos de los enemigos de España”.

El día 9 de enero decidí acercarme al Archivo General del Ejército del Aire, en Villaviciosa de Odón, aprovechando un congreso en Madrid en el que nadie me iba a echar de menos si faltaba una mañana. Me identifiqué ante un funcionario civil y diez minutos después tenía todo el expediente de mi abuelo, incluída la documentación referente al consejo de guerra.

Siendo las 10:15 horas del 13 de Septiembre de 1939, es llamado a declarar Federico Sáez Alvar, carpintero, vecino de Alcorcón y trabajador en la Base Aérea de Cuatro Vientos. Es preguntado si había sido apresado por las hordas marxistas al comienzo de la guerra y contesta que sí. Preguntado por cómo había obtenido la libertad, responde que fue por las gestiones que realizó el entonces sargento Andrés Bonache Díaz, lo que prueba que era un importante rojo con mucho poder si había conseguido sacarlo de la cárcel sólo por su voluntad.

Federico Sáez Alvar. Nadie con ese nombre en la guía de teléfonos de la provincia. Pero sí referencias a él en Internet. “Federico Sáez Alvar estuvo en prisión al comienzo de la guerra en la checa del Cinema Europa, donde fue torturado. Logró escapar y participó activamente en la toma de Madrid. Fue concejal y luego alcalde de Henares del Saz hasta su muerte en 1965”. En el pueblo fue sencillo seguir la pista de la familia, de la que ya no quedaba nadie. Sus dos hijos emigraron: Pascual al extranjero y Ernesto a la capital, donde su padre le había conseguido un trabajo en el Ministerio de Agricultura. Tampoco fue difícil seguir su rastro: personal de confianza, jefe de negociado, secretario del ministro a comienzos de los setenta.

Federico Sáez tendría hoy 89 años. Ernesto ha cumplido 63 y aún trabaja para el Ministerio. Ahora sale de casa con su hija Juana, que lo toma por el brazo camino de misa. Espero a la salida y entro tras ellos en un bar donde toman el vermú. Ernesto Sáez juega distraidamente con las aceitunas que quedan en un plato. Me acerco y le pregunto si va a leer el periódico que está sobre la mesa. “Tenga”, me responde sin levantar la vista. No percibe que mi mirada busca encontrar sus ojos y se prolonga unos segundos sin conseguirlo, muchos más seguramente de los que su padre miró a mi abuelo en 1939.

Pago mi cerveza. Los observo por última vez. Son Ernesto Sáez, Juana Sáez, hijo y nieta del que declaró ante el consejo de guerra que mi abuelo era un rojo peligroso. Salgo despacio a la calle y subo al coche que me devolverá a Madrid.

4 Respuestas a “Relato III: AJUSTE DE CUENTAS. Autor: MANUEL K.

  1. No logro comprender cómo no han comentado este relato. Habla de una cicatriz en la historia española, de personajes que aún hoy existen y se ven en las calles. Habla de los sobrevivientes, de las historias que se mezclan, de la muerte y la crudeza del recuerdo que se imprime en un nombre.

    Dos cosas le dejó la guerra a España, misera e inspiración. Miseria porque destruyó poblaciones, esperanzas y sueños. Inspiración porque la literatura que ha surgido con un fuerte sabor ibérico, ha hablado de la guerra. El cine (recordar El Laberinto del Fauno) recuerda, pasea y se devuelve para ver con los ojos viejos o nuevos, la tragedia que alguna vez fue.

    • Cierto, a todos los que aquí vivimos: en este país y de generaciones anteriores y posteriores a la nuestra. Aunque es extensible a otros lugares: por desgracia las guerras civiles forman parte de la historia de la humanidad.
      También sensación de impotencia nos deja el relato. Y tristeza. La esperanza quedaría con el perdón, si es posible éste.

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