Relato XI: LA PROFESORA. Autor: Willian Zweifel

La calefacción está demasiado alta. Intento resolver una ecuación de dos incógnitas, por igualación. La profesora lleva un jersey de cuello alto, ajustado, color fresa, o fucsia, no sé bien, pantalones negros. Se acerca a mi mesa, pero atiende, inclinándose sobre él, al compañero de delante, Gonzalo, pelo muy corto, más alto que yo, concentrado sobre su ejercicio, orgulloso de sus deberes ante la maestra: una sonrisa, la mano aprobadora sobre el hombro. Ella está delante de mí. Sus pantalones negros son de tipo vaquero, tal vez más finos, la marca en una pequeña tira en el bolsillo posterior derecho: Ligne Droite. Huele tenuemente a jabón de lavanda, casi imperceptible a esta hora de la tarde. Se incorpora y entonces se acentúa el aroma: también a pelo limpio, no muy largo, color cobrizo. Pasa ante mí. La miro de reojo mientras se mueve entre los pupitres y probablemente no se da cuenta, debe pensar que estoy haciendo los cálculos que precisan los problemas. Su pantalón tiene remaches metálicos y un cinturón con grabados de flores de lis que sólo se ven si ella está cerca del pupitre. Cuello alto, demasiado calor. Quizá tiene tendencia a enfermar de la garganta, frío y calor, hablar una hora y otra. Pasa ante mis ojos y pierdo su contorno. El compañero de la segunda fila conocerá las vecindades inmediatas de la lavanda. Se fijará también en los labios en los que ahora reparo cuando, desde la tarima, escribe en la pizarra las principales dificultades del ejercicio que aún no he terminado. Los ha pintado unos instantes antes de entrar, casi sin color, rojo es demasiada atención sobre la boca; trasparente, sí, pero hay vetas de intensidad que coinciden con los surcos que la vida ha ido roturando en ellos. Al cabo del tiempo sólo queda la tonalidad original de la carne. Necesita retocar al comienzo de cada clase, quién sabe si a veces también una gota de perfume, un modo de decirse estoy lista, vengan quebrados, polinomios, incógnitas. El tiempo irá borrando artificios. Excepto el hipnótico color de su jersey fresa o fucsia, mejor que el amarillo del martes; ajusta bien y me agrada la embriaguez que suscita en mí. Casi una leve fiebre gozosa que encuentra acomodo en la parte superior de la cabeza, donde el tiempo se dilata. No he terminado el ejercicio, que realizo con languidez, aunque a ella le parezca precisión y detalle: mis dedos han acariciado el papel, una ecuación, dos incógnitas, igualación; el cálculo se hace elegante, como una caricia en las neuronas. Tengo unas décimas de fiebre sentimental y es hora de salir. En el pasillo alguien me habla y la calle nos recibe y nos golpea. Hay otra categoría de mundo. Perdemos el autobús que acaba de pasar mientras empieza a empaparme la lluvia y no me importa.

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