Relato XIII: EL PUTO FÚTBOL. Autor: OTIS B. DRIFTWOOD

Noam Chomsky se dirigió hacia la puerta, única salida de su despacho del Instituto Tecnológico de Massachussets. Parecía agitado, nervioso, como con prisa. El bedel, que lo vio salir tan apresurado, le gritó desde el otro lado del pasillo:

– ¡Señor Chomsky, que está lloviendo, no se olvide del paraguas!
– ¡Hostias, es verdad! – Dijo Chomsky por lo bajini – ¡Gracias! – Le dijo al bedel. Y regresó a su despacho.

Allí comprobó que no solamente se olvidaba del paraguas, sino de unos trabajos de sus alumnos de doctorado que tenía que corregir sin demora aquella misma tarde.

– ¡Mierda! ¡Me había olvidado también de estos trabajos de mierda! ¡Me cagüen la hostia puta, hoy tenía que ser!

Aún su gramática interna no había terminado de generar todas las estructuras de aquellos pensamientos, cuando alguien llamó a su puerta.

– ¡Knock, knock!
– ¿Quién es?
– ¿Señor Chomsky?
– Soy yo
– ¿Puedo pasar?
– Tengo prisa
– Y yo. Seré breve.
– ¿Podría ser breve otro día?
– Podría ser breve muchos días, pero lo que tengo que decirle es algo urgente para hoy y para ahora sin más tardanza…
– ¿Quién es usted?
– Soy un alumno de este instituto, no creo que me conozca
– ¿Cómo se llama?
– Stuart B. Delawany
– Sí, sé quién es, estuvo usted conmigo en primero y el cuatrimestre que viene creo que le tengo en una asignatura optativa
– ¡Exacto! ¿Cómo lo sabe?
– Tengo buena memoria para los nombres. Es algo innato.
– Comprendo.
– De todas formas si lo que tiene usted que contarme es algo extenso, y con extenso me refiero a algo que supere los dos minutos, me temo que no puedo atenderle.
– No es extenso, al contrario
– ¿Qué quiere?
– Me gustaría que me dijera su pronóstico para la final de la Superbowl de esta noche
-¿Cómo?
– La Superbowl. La final. Es hoy.
– ¿Estás de coña? Yo paso del fútbol.
– ¿Ah sí? ¿Y por qué tiene entonces tanta prisa? Es evidente que no quiere perderse el inicio del partido
– No es por eso
– ¿Quién cree que ganará?
– No tengo ni idea… Además, es de sobra conocido lo que pienso sobre el fútbol y el deporte profesional en general: sirve para aborregar aún más a los borregos. Y para exaltar fanáticos. No me interesa.
– Ya…
– ¿Qué insinúa?
– ¿Se va usted a perder la Superbowl, el partido del siglo?
– Me la suda la Superbowl… Es un montaje audiovisual, un esperpento con fondo publicitario a mayor gloria del capitalismo salvaje. Un atropello mental, un abuso de la confianza del aficionado sincero. Un horror.
– Sí, pero… ¿Quién cree que va ganar?
– ¡Y YO QUÉ SÉ! ¡Y ahora apártese de la puerta, que me tengo que ir!

De un fuerte empujón, el célebre lingüista, filósofo y activista estadounidense apartó al joven estudiante y salió del despacho.

– ¡Venga, fuera, salga de ahí que tengo que cerrar!

El chaval, más asustado que avergonzado, se alisó los pliegues que el empujón habían dejado en su camisa y se alejó escaleras arriba. El profesor cerró con llave y sin mirar atrás bajó las escaleras que conducen al hall del edificio. Cuando llegó al aparcamiento, Noam Chomsky murmuró no sé qué entre dientes, yo diría que “puto fútbol” o “puta lluvia”, no lo podría asegurar. Además que no recordaba dónde había dejado el coche, así que decidió caminar en diagonal bajo su paraguas para ver si al menos tenía suerte y se topaba con el auto de casualidad. Así sucedió; a los diez minutos de vagar por el aparcamiento vio a lo lejos su Ford Fiesta blanco. Dio un resoplido de alivio y sacó las llaves. Abrió el coche, se sentó y miró la hora.

– ¡Me cago en la puta!

Aquel maldito estudiante, aquel niñato, le había entretenido más de la cuenta, de hecho ya iba con prisas cuando le había interrumpido. ¿Por qué le había escuchado, por qué le había hecho caso? Además el incidente de la puerta y todo eso le había descentrado, había olvidado dónde estaba el coche y eso le había hecho perder otro casi cuarto de hora.

Colocó la radio, dio al contacto y ésta se encendió. Sacó un cigarro del bolsillo y se puso el cinturón. El locutor parecía algo confuso, no entendía bien lo que estaba diciendo ni lo que estaba pasando, pero bueno, algo era algo. Se había perdido el principio y ya no llegaría a casa a tiempo para ver la segunda parte como había planeado. Si los Broncos de Dénver perdían se iba a cabrear bastante. Pensó en los trabajos que tenía que corregir después del partido.

– Por vuestro bien, animad a Dénver, chavales…

Quitó el freno de mano, metió primera y salió de allí.

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