Relato XIX: Y COLORÍN NO ES COLORADO. Autor: MALENA

– ¡Los chicos no!- decían los tíos.

Y ellos cargaban las escopetas en el baúl del coche y se iban al campo, riendo y hablando en voz alta.

La casa quedaba vacía. Sólo se oía el latido de un reloj de latón, que los primos espiábamos entre risas nerviosas. La oscuridad era roja. La abuela no nos dejaba abrir las cortinas coloradas. Cuando la aguja chiquita llegaba a las tres, recién entonces podíamos salir de esa habitación donde nos condenaban a la siesta perpetua.

Al atardecer regresaban los tíos con unas cuantas liebres y perdices que la abuela preparaba en escabeche.

– ¡Los chicos a la cocina! – ordenaban, y se reunían en el comedor a comentar las anécdotas de la cacería.

No me gustaba la comida de la abuela. No me gustaba la abuela. En esa salsa viscosa,traslúcida que me daba náuseas, a veces encontraba una bolita negra.

– Es un grano de pimienta, ¡no lo comas!- explicaba Andrés, el primo más travieso –.Pero a mí me parecía que era la bala con que habían matado a la perdiz.

A la semana siguiente se repetiría la historia, como cada fin de semana.

Los chicos no. El reloj. El silencio.

Andrés esperó a que todos bajasen de los autos y se asomó con cuidado apartando los abrigos y mantas que le sirvieron de escondite. Una perdiz levantó el vuelo muy cerca del coche.

El disparo. El silencio.

Nunca me gustaron los cuentos para chicos. En ellos las abuelas son buenas y las personas comen perdices…

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