Relato XXVI: ALBORADA. Autor: SUM EGO

La alborada apuntaba detrás del monte de ombúes. Al influjo de la creciente tibieza, los pájaros comenzaban a insinuarse con singular sensualidad, era la época del apareamiento. Las hembras respondían al reclamo de los machos, que se pavoneaban ufanos de rama en rama.
Un hornero se había trepado al lomo del perro y desayunaba con fruición sus parásitos. Ni bien se sintió ahíto de ellos, regresó al fresco nido, ése que a la brevedad albergaría los huevos de sus futuros hijos, para ensayar una versión matinal de la siesta. En eso estaba cuando lo despertó el urgente reclamo de su compañera: ¡estaban llegando las langostas, dispuestas a acabar con todo!
Desesperado abandonó el nido. Una nube de fuego verde se extendía devorando los sembrados. Nada quedaba a su paso.
El espantapájaros era apenas una ridícula figura desairada con los brazos extendidos inútilmente, un crucificado sin religión.
Tal como habían llegado las langostas se fueron. El zumbido de la manga en retirada hizo castañetear los picos durante algunos instantes todavía.
Finalmente, el perro aulló su desventura sobre el maizal arrasado y todos los pájaros le hicieron coro. El sol, desolado, prefirió ya no salir.

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