Concurso de relatos “Coeliquore” (4ª edición): resolución

Este año los relatos ganadores de cada una de las diferentes categorías son:koplotnikova
-Microrrelato: Recuerdos, de Azul.
-Relato corto: La profesora, de Willian Zweifel.
-Relato: La esperanza tiene mil disfraces, de Luz

Felicitaciones a los tres ganadores y mi agradecimiento a todos: participantes, miembros del jurado, comentaristas y lectores.

(Fotografía: Katarina Koplotnikova)

Relato I: SANTA LUCÍA. Autor: MANUEL ARTURO

César Rodríguez llegó a la isla en 1994. Dolores en las articulaciones y males del corazón lo sacaron espantado de las montañas continentales. Santa Lucía es una isla en un rincón del Pacífico. Tiene aguas apasionadamente azules y casas que recuerdan la llegada de capitanes y piratas ingleses a lugares recónditos del sur.
Ha abandonado las soledades del Ártico. Su cuerpo enorme se mece de arriba hacia abajo, se libera de espasmos y celebra el atisbo de rayos solares. Emerge con elegancia y expulsa vapor.
Mientras César se aproxima hacia la isla en un barco con turistas, lo sorprende el cese inesperado de los motores. Negros con sonrisas de marfil y cuerpos esculpidos por Miguel Ángel se acercan en canoas. Extranjeros felices con sombreros y protector solar se apoyan en la orilla del barco; lanzan monedas y billetes al mar. Los hombres de las canoas bucean a pulmón libre y sacan cada uno de los centavos arrojados. La gente aplaude.
César, estás indignado ¿te vas a devolver a tu ciudad fría? No, no te devuelves. Has abandonado las filas de los bancos y las lluvias de octubre. El clima de la isla te seduce.
-Escúchenme bien- dijo Daniel-. Nos vamos despasito al patio de la casa, sin hacer ruido y cuando se distraigan cogemos las flores ¿entendido? Si hay cruces, cadenas o vírgenes, también.
-Seño y si nos cogen-dijo Wilson-.
-Peladito, nadie lo va a pescar-dijo Daniel-. Al final del día nos vemos pa’ repartirnos la ganancia. Yo veré Wilson, no se puede dejar atrapar.
-Esa casa cuesta mucho, doña Marta-dijo César-. Usted me está estafando sólo porque no soy de acá. Cruzas los brazos, piensas que en ese lugar podrás vender helados mientras ves el mar ¿verdad?
-No cuestan mucho amigo-dijo Wilson-. Son jazmines frescos. Mire, tóquelos, los mejores de por acá.
-Bueno doña Marta, no se ponga brava-dijo César-. Es mi última oferta ¿lo toma o lo deja?
-Yo no le puedo rebajar-dijo Wilson-. Tengo que mantener a mis hermanitos.
Hombres con ojos rasgados se aproximan al puerto. El monótono sonido de las olas y el azul profundo no dan pistas de alguna bestia desprevenida.
-Es un placer hacer negocios con usted doña Marta-dijo César-. Te brillan los ojos e imaginas el mar de mil colores, la vida pausada y los niños revoloteando en tu garaje por uno de vainilla.
-Gracias, disfrútelas y que conquiste a esa mujer-dijo Wilson-. Un sonido de tripas lo confunde ¿la culpa o el hambre? Las dos. Camina sin rumbo.
-¿Quieres uno?- preguntó César con voz paternal, tras notar a un negrito con ojos enormes pegados al cristal-.
-¿Cuánto es que cuestan?-preguntó Wilson-. Se mete las manos al bolsillo, intenta contar con los dedos los billetes y las monedas, sin hacerlos sonar. La sed, el mar y la niñez cuando se mezclan son irrefrenables.
-Cinco barras por ser tú-dijo César-. Lo mira atento. Supone que no tiene dinero; le sonríe.
-Como mínimo debes tener cinco barras-dijo Daniel-. ¿Te crees más inteligente que yo? Se levanta de la silla y coge un bate. Su piel oscura resalta esos ojos turbios y asesinos, como laberintos.
-¡Cinco barras es mucho! Yo no tengo tanta plata-dijo Wilson-. Te ruborizas ¿por pobre o por ladrón?
-Tranquilo, te lo dejo a dos barras-dijo César-. Coge un vasito y un cucharón de helados, listo para servirle lo que él le pida.
Sin tiempo para pensar, Wilson dice en tono marcial que quiere uno de vainilla y pone un billete con imponencia.
-¡Cinco barras es muy poquito! ¡Pendejo!-dijo Daniel-. ¿Crees que nos vas a engañar? ¿Crees que nos vas a robar a nosotros que te enseñamos?
-Aquí está el helado-dijo César-. Recibe el dinero y cierra la caja registradora. Se lava las manos, las seca y concentra su atención en otro niño.
El barco tambalea. Un grupo de tiburones se ve en lo profundo. La tripulación alista los arpones. Se escuchan sonidos de cuerdas y gritos en imperativo.
-Eres un güevón ¿nos crees idiotas? ¿Cómo que te gastaste todo en un helado?-dijo Daniel-. Le empuja la cabeza contra la pared; se escucha un sonido grave y contundente.
Wilson solloza mientras sus compañeros miran absortos. No te puedes defender: él es grande y tú pequeño.
-Coge esta pistola y si a media noche no me traes lo que me debes, te quiebro- dijo Daniel-. Escóndela y si te cogen yo digo que no te conozco pa’ que te encierren por mentiroso.
Wilson camina con el olor de la muerte y un metal pesado en el bolsillito. Solloza y sus pequeñas manos le sudan. Piensa a quién asaltar, si en la isla nadie tiene nada. Una pequeña alegría sobreviene cuando recuerda que su héroe favorito también tiene un arma.
Se mueve magnánima. Las olas del mar aceleran su frecuencia, los pájaros se paran en el barco. Aletea y huye de los tiburones, golpea los cascos de la máquina.
-Pásame todo lo que tienes en la caja registradora- le dijo Wilson con el revólver apuntándole a la sien-. Las manos le tiemblan pero su mirada está inundada de túneles oscuros.
Siente las cuerdas que la entrelazan y desesperada se agita de arriba para abajo. Muerde las redes y pide auxilio con un sonido que hace vibrar los metales del barco. Los tiburones se acercan.
César suda. No sabe si es un juego. Se aproxima a Wilson, intenta decirle algo, acerca su mano para quitarle la pistola.
Un arpón penetra su frente, el mar se tiñe de sangre, la tripulación celebra y los tiburones se alejan. Tokio tiene otro plato de ballena.
En Santa Lucía entierran a los muertos en el patio de la casa. Los cuerpos los devora la tierra, sólo quedan cruces y flores en la superficie. No duran mucho, los ladronzuelos roban la decoración para vendérsela a turistas.
Tras la muerte de César ocurre algo inusual: a pesar de no tener familia y saberse que en Santa Lucía no crecen muchas orquídeas, su tumba permanece con flores frescas de vainilla.

Relato II: INMADUREZ. Autor: GARSIL

Desde muy joven, organizado y ansioso para cumplir con sus obligaciones, preocupado en ir y venir con un cigarrillo para calmar los nervios, investigando, luchando en su cotidianidad, sin importar las condiciones para batallar o deambular. Exagerado en descubrir los elementos que encierran los conceptos simples de la existencia. Siempre afirmó y consideraba que la vida había que aprenderla a vivir. A sus ochenta y cinco años que muerto en vida va, después de tener inmovilizados sus miembros inferiores y superiores, sin poder pronunciar palabra… No sabe cómo corregir el vivir.

Relato III: AJUSTE DE CUENTAS. Autor: MANUEL K.

“Como la noche helada que el postigo ha borrado para siempre a mis espaldas”
Julio Llamazares: Luna de lobos

Salen del adosado a las doce menos cuarto. Ernesto Sáez Buendía, 62 años, buena planta, traje oscuro, mirada enérgica. Asida de su brazo, Juana Sáez Romero, poco más de 30, muy hermosa. Hijo y nieta de Federico Sáez Alvar.

Aquel día de enero de 2003 sentí que cumplía el encargo que mi abuela nunca me hizo. Las escasas pertenencias que dejó al morir, a principios del último otoño, incluían un par de carpetas con cartas y documentos del pasado. Mi madre, única hija tras la prematura muerte de su hermano, no nos había transmitido resentimiento alguno por lo que sufrieron al perder la Guerra, ni siquiera una leve inquietud política. Me dio esos papeles un domingo antes de comer: “Tú que has escrito algún libro, a lo mejor te interesan”. Ella había tomado hacía mucho la decisión de vivir hacia el día siguiente y no hablar nunca de aquel tiempo.
Sólo dos carpetas, pero cada una de las hojas era un fragmento de la historia de mi familia, también de la Historia de España. La más antigua llevaba fecha de 1936, al poco de comenzar la Guerra. La última, de 1942. Eran papeles escritos por mi abuelo hasta su muerte; después, casi todos los firmaba mi abuela. En ambas carpetas ponía lo mismo: Andrés. Sólo las distinguía el diferente color de las gomas sin tensión.
Leí con detenimiento. Las primeras hojas eran cartas que hablaban de una guerra entusiasta al principio, pero que se sabía perdida a partir del año 38. La última cuartilla era de comienzos del 39. Andrés decía a su joven esposa que una herida lo mandaba a casa. Luego hay un informe médico y vacío hasta el verano. Andrés escribe entonces desde Murcia, donde ha sido recluido en un campo de concentración para prisioneros del bando republicano. Tras sus palabras se adivina desesperanza, aunque trata de dar a su mujer e hijos el ánimo que seguramente no tiene. En la última dice: “Ya queda poco para que termine el consejo de guerra, creo que todo irá bien. Tu hermano estuvo muy firme en su declaración (dale las gracias, no lo olvidaré nunca) y los jueces leyeron con detenimiento los documentos que enviaron en mi auxilio el cura de Alcancid, el alcalde y el jefe local de Falange. Espero volver pronto y darles las gracias en persona. Mañana viene al juicio Federico Sáez, el carpintero de la base, supongo que lo recuerdas, el que saqué de la cárcel…”.
No hay más cartas de él. Lo siguiente son peticiones de clemencia de mi abuela con la retórica de la época al dirigirse a las autoridades. Todas en vano. Con fecha de 15 de diciembre se le comunica que, en virtud de la sentencia condenatoria, su esposo, el teniente de aviación del ejército rojo Andrés Bonache Díaz, ha sido fusilado en el Centro Penitenciario de Murcia en aplicación de la condena por la que se le declaraba culpable de adhesión a la rebelión. Después, hay otras instancias pidiendo que le entreguen el cuerpo para enterrarlo en su pueblo. También encuentro la solicitud de una pensión de orfandad para los hijos. Todas denegadas. En una de las respuestas leo esto: “Comprenderá usted, señora, que siendo limitados los recursos, han de utilizarse para auxiliar a los hijos de los buenos españoles y no a los hijos de los enemigos de España”.

El día 9 de enero decidí acercarme al Archivo General del Ejército del Aire, en Villaviciosa de Odón, aprovechando un congreso en Madrid en el que nadie me iba a echar de menos si faltaba una mañana. Me identifiqué ante un funcionario civil y diez minutos después tenía todo el expediente de mi abuelo, incluída la documentación referente al consejo de guerra.

Siendo las 10:15 horas del 13 de Septiembre de 1939, es llamado a declarar Federico Sáez Alvar, carpintero, vecino de Alcorcón y trabajador en la Base Aérea de Cuatro Vientos. Es preguntado si había sido apresado por las hordas marxistas al comienzo de la guerra y contesta que sí. Preguntado por cómo había obtenido la libertad, responde que fue por las gestiones que realizó el entonces sargento Andrés Bonache Díaz, lo que prueba que era un importante rojo con mucho poder si había conseguido sacarlo de la cárcel sólo por su voluntad.

Federico Sáez Alvar. Nadie con ese nombre en la guía de teléfonos de la provincia. Pero sí referencias a él en Internet. “Federico Sáez Alvar estuvo en prisión al comienzo de la guerra en la checa del Cinema Europa, donde fue torturado. Logró escapar y participó activamente en la toma de Madrid. Fue concejal y luego alcalde de Henares del Saz hasta su muerte en 1965”. En el pueblo fue sencillo seguir la pista de la familia, de la que ya no quedaba nadie. Sus dos hijos emigraron: Pascual al extranjero y Ernesto a la capital, donde su padre le había conseguido un trabajo en el Ministerio de Agricultura. Tampoco fue difícil seguir su rastro: personal de confianza, jefe de negociado, secretario del ministro a comienzos de los setenta.

Federico Sáez tendría hoy 89 años. Ernesto ha cumplido 63 y aún trabaja para el Ministerio. Ahora sale de casa con su hija Juana, que lo toma por el brazo camino de misa. Espero a la salida y entro tras ellos en un bar donde toman el vermú. Ernesto Sáez juega distraidamente con las aceitunas que quedan en un plato. Me acerco y le pregunto si va a leer el periódico que está sobre la mesa. “Tenga”, me responde sin levantar la vista. No percibe que mi mirada busca encontrar sus ojos y se prolonga unos segundos sin conseguirlo, muchos más seguramente de los que su padre miró a mi abuelo en 1939.

Pago mi cerveza. Los observo por última vez. Son Ernesto Sáez, Juana Sáez, hijo y nieta del que declaró ante el consejo de guerra que mi abuelo era un rojo peligroso. Salgo despacio a la calle y subo al coche que me devolverá a Madrid.

Relato V : EL DIARIO DE LIN. Autor: WINSTON

Era una mañana londinense y azul como las de abril. Sobre el cuello de Lin se deslizaban gotas saladas de sudor, les siguieron gemidos y para finalizar una eyaculación épica; el afiche con el rostro de Mao Tse Tung se tornó blanco y Lin rió.
Sobre su mesa yacía uno de sus diarios, escrito a mediados del siglo XX. Por cuestiones más mundanas que filosóficas, se había rehusado a leerlo durante días. Los primeros párrafos resultaban idealistas, veinteañeros, jóvenes y llenos de aroma a jazmín; sin embargo, su sorpresa sobrevino cuando comprendió su genialidad: había profetizado el siglo XXI.
Miraba a su alrededor absorto y no lograba recordar el día en que lo escribió. Los elementos de la dictadura que había anticipado estaban a su alrededor: cámaras vigilantes en cada esquina, pantallas en todas las casas, desigualdades insalvables, espionaje descarado a la población civil por parte de gobiernos y una sistemática búsqueda de la homogeneidad.
Se puso una camisa negra con un crisantemo dibujado en la espalda, salió a la calle y gritó: “muerte a los comunistas”. La gente lo miraba con desdén o con sorpresa, salvo una anciana que sonreía. La figura diminuta, de unos 70 años, se le acercó y le dijo al oído: “yo también voté por Thatcher”.
Lin, entre confundido e ignorante, investigó sobre los hechos que durante tantas décadas había ignorado. Sorprendido concluyó que su profecía tenía una inconsistencia, el dictador de este siglo era capitalista.

Relato VI: PRELUDIO AL SUPERMERCADO. Autor: ÓSCAR

Pongo la radio como todos los días cuando me voy a la cama. Es algo que me ayuda a dormir.

– Hoy, en nuestro espacio de cartas románticas, tenemos como comentarista a la fabulosa actriz de teatro Sibyl Vane. Buenas noches, Sibyl, bienvenida.

– Buenas noches, Henry.

– Cuando quieras, aquí tienes el saco. Elige bien la lectura de este lunes.

– Muy bien. A ver… Vamos a ver… ¡ÉSTA! Escojo esta carta de papel reciclado con ligeros toques florales.

– ¡Perfecto, Sibyl! ¡Vamos allá!

Henry toma la carta en sus manos y comienza a leer:

“Hay personas capaces de pervertir palabras con el afán de generar una belleza ficticia tras la que solo hay una vanidad necesitada. Persiguen corromper y degollar la candidez de la inocencia como triunfo personal. Suelen poseer un buen porte y un gran manejo en trabalenguas turbios que sirven de arma defensiva en caso de ser descubiertos. Seguramente, muchos de vosotros pensaréis en políticos corruptos, en una piel desterrada de vuestras vidas o en un falso poeta. Está bien, pueden adoptar cualquier forma y estar en cualquier parte. Abrid muy bien los ojos y estad atentos. Quizá la próxima víctima con la que sacien su ego puedas ser tú”.

Henry, perplejo, continúa hablando:

– Lo firma un tal Dorian. Pero, ¿desde cuándo esto es una carta romántica? ¿Sibyl? ¡¿Dónde está Sibyl?! Ehhh… Disculpen, Sibyl acaba de abandonar precipitadamente la meshhhhrrrhh… grrrrrgg… sshhttt…

¡Maldita radio! Siempre se queda sin pilas en lo mejor.

Jjjjrrr…trrrhh… rrssssshhhh…como Nicolas Cage en Leaving las Vegas soy el invierno contra tu primavera, un Dorian Grey sin pasado ni patria ni bandera…