Trenes en la lluvia

Aquel día, Juan hizo un curso acelerado de simbología. En trece horas cogió cuatro trenes y un metro. Salió de su ciudad en uno de largo recorrido que paraba en todas las estaciones, permitiéndole disfrutar del paisaje y meditar sobre su vida. Luego, uno de vía estrecha, otro de cercanías y un metro: al llegar a su destino, antepasados y descencientes estaban reunidos en aquella habitación trapezoidal sin ventanas donde un especialista le puso en contacto con sus sentimientos y la parte del cuerpo en que se aposentaban. Durante la ericksoniana hipnosis retrocedió hasta unos días después de su concepción, para nacer a una nueva vida. El tren de regreso era de alta velocidad, llevándole en poco tiempo a su presente.tren lluvia

Aquel día, valió la pena el esfuerzo del viaje: volvió a casa reconocido y libre, feliz. Sus maestros de vida le habían ayudado a encontrar el por qué de lo que le venía sucediendo. Y la lluvia, eterna sanadora, le acompañó todo el trayecto.

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De libélulas y pinzas


Hay objetos y seres que nos acompañan como una extensión de nosotros mismos.pinzas

Siendo niña me di cuenta de que la única forma de lograr la atención de mi madre era estar a su lado en el cuarto de la lavadora y, mientras tendía y destendía, ir pasándole pinzas. Me gustaba también jugar con ellas, haciendo ejércitos de colores que luchaban batallas inacabables. Cuando descubrí los libros, me sentaba encima de la máquina de lavar y, aunque ya no les hacía caso, me daba seguridad tener a mano una cesta llena. De adolescente metía alguna en el bolsillo y con la fuerza que me otorgaba su tacto, no había novio ni amiga que se me resistiera. Y la soledad siempre me resultó de su tamaño, pequeña y llevadera.

Con los años, el rincón de la ropa se transformó en el rincón de pensar: heredé aquella pasión materna por tender y destender que a mí, de natural caótica, me ayudaba a ordenar ideas.

libelula1Ahora que soy octogenaria y siento próxima la muerte, sé que se convertirán en libélulas, para seguir señalándome el camino.

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Herencia

bombones

Las piernas largas de su tío Emilio. La boca bonita de la tía Luisa, para besar, amar y maldecir. La piel suave de la abuela Ana, con la que dulcificar el genio. La afilada intuición de la tía Loreto, que le previene de los peligros. El receptivo cuerpo de la abuela Carmen, que se abre de par en par o se cierra con doble llave según con quién y cuándo. Los ojos negros, vivos, inquisidores y curiosos de su padre. El corazón grande como el de la madre. Las manos pequeñas del tío José, que nunca abandonó la infancia. La conexión con el universo de la tía Elena, la rara. La voz de su gemela Esther, que hacía doblajes para la radio. El carácter indomable del abuelo Felipe, el cubano. El lenguaje de los sueños, que descifra con la misma precisión que la tía Berta. La determinación de Alfonso, el padre de su padre. La risa de su tatarabuelo Nicolás  y su manera de estar en el mundo tan parecida a la de su esposa, mujer de armas tomar. 

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Azul

mar4Puede que el destino nos venga marcado y sea muy difícil cambiarlo.
Juanjosé nació con la piel salada y ojos de pez. Pasaba horas contemplando la marina que tenían en el comedor. La primera palabra que pronunció fue “mar”. Insistió tanto en que le llevaran allí, que logró que sus padres gastasen una fortuna en el alquiler de un coche e hicieran cientos de kilómetros por carreteras sin asfaltar, para cumplir el deseo de aquel niño cabezota. Cuando llegó, se quedó inmóvil, pegado a la arena.
A los dieciocho años salió del pueblo entre montañas donde vivía, a una ciudad marítima. Y un domingo en que se levantó especialmente radiante, se dirigió a la playa para, nadando, no regresar jamás.

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Nombres

nieve1         Mis abuelos vivían en la calle del Cementerio, así llamada porque se trataba de una cuesta inmensa que empezaba nada más entrar en el pueblo y finalizaba a las mismas puertas del campo santo. Mi casa estaba en el callejón de las Nieves, una de las bifurcaciones de la anterior.

        Nací el día de Santiago, durante las fiestas patronales. Me iban a llamar como a él. Pero acabé llamándome Vicente, como mi progenitor.

      Tras comprobar que todo había ido bien y que yo era un niño sano y gordo, mi padre fue a la cantina de mis abuelos a celebrarlo con sus amigos, como hacían los hombres de aquellos tiempos. Interrumpiendo risas, abrazos y brindis, entró un desconocido vestido de guardia civil y, aturdido por su propia borrachera,  le disparó dos tiros en la cabeza. Aquella tarde, en el corazón del mes de julio, rompió a nevar.

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Música

Todo se quemaba a su alrededor. El pueblo situado a 10 kilómetros del de ellos había sido evacuado. Los hombres ayudaban a las brigadas de extinción, haciendo cortafuegos. Sólo quedaban los ancianos, las mujeres, los niños. Y los músicos.

Tenían un concierto, que no se suspendió. La banda tocó una música tan bella que hizo olvidar por un momento lo que estaba pasando. Después, el coro cantó  Laschia, Va pensiero y Que tinguem sort con tales voces que estremecieron al cielo: rompió a llover. En la calle, al acabar, los tambores de los jóvenes creaban batucada. El agua, incesante, sirvió para apagar las llamas.

La noche más larga de sus vidas fue también la más sonora y acompasada.

A Emma Aroca.

Felicidad


Obligándose a escribir cada día sobre lo que le gustaba de esa jornada, Carlos se dió cuenta de que iba saliendo de la depresión en que se había sumido tras el inesperado abandono de su mujer. Le sorprendió comprobar que aumentaban sus momentos de alegría, al tiempo que mejoraba su estado de ánimo. Pronto volvió a ser el que era: dicharachero, simpático, sonriente. La sombra bajo los ojos se diluyó, marcándosele en cambio el hoyuelo junto a la boca.