Rosa, rosae

Olga Campomares era de rasgos dulces y bellos, y olía permanentemente a rosas: de una forma natural, su cuerpo irradiaba ese perfume aterciopelado que la caracterizaría. Sus ojos, de un negro abisal, veían todo, incluso lo invisible: las intenciones de los demás, el aura, la bondad, la capacidad para el mal de las personas que se le acercaban, lo que les depararía el futuro.
Sabía qué iba a suceder y no se equivocaba. Quienes la conocían la respetaban, pero la temían. Ella, consciente de la fuerza de aquel poder, callaba cuando tenía ante sí escenas tristes y buscaba la manera de hacer más fácil el paso a través de la situación que les esperaba. A medida que fue creciendo utilizó también ese don extraño para protegerse y amortiguar su ración de dolor y desilusión ante la actitud propia y ajena.
Murió sabiendo con exactitud cuándo y cómo, feliz de haber vivido tanto tan anticipadamente.

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Libélulas

No recuerda cuándo relacionó las libélulas con otros mundos.
Tal vez el día en que leyó un texto que decía “Primero fuimos libélulas” y esa frase le impactó tanto que no pudo continuar. O cuando, en otro libro, se enteró de que los chinos esperan ver una de alas transparentes tras la muerte de alguien, como símbolo de que está bien en el más allá. Quizás fue el día en que una enorme de color verde revoloteaba largo rato sobre la cabeza de su abuela Carmen y esa misma noche, Navidad, la anciana murió. También vio libélulas cuando sus primos tuvieron el accidente que les quitó la vida: dos de color rojo, una grande y otra pequeña, como ellos. Y cuando su amiga Lola se perdió en una noche sin fin: sabía que algo pasaba porque descubrió una libélula azul en su habitación, formando círculos perfectos.
Desde siempre las libélulas han representado para esta adolescente, de ojos tan grandes como la curiosidad, mensajes de otros planos, noticias de seres que, estando aquí, ya se fueron.

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Cajón de sastre

Desde muy pequeña, Elisa adquirió la costumbre de ir poniendo en el cajón de la mesilla de noche aquello que le importaba: la horquilla de plata que su tía Ana le regaló al nacer, los pendientes de la abuela, los diarios que iba escribiendo con impaciencia y deseo, recortes de periódico, su libro preferido, los caramelos para la tos.
Mantuvo el viejo hábito porque lo que allí colocaba le hacía feliz: usaba la horquilla como amuleto los días en que la invadía una terrible inseguridad, con los pendientes notaba la fuerza de aquella matrona que le antecedió, lo escrito en el diario acontecía al poco tiempo, los recortes -reflejo de sus anhelos- cristalizaban pronto, no se cansaba de leer su libro favorito, la tos desapareció.
Fue añadiendo símbolos de lo que le gustaría que le sucediese: fotos de rostros transparentes y de paisajes desbordantes, cifras, ideas extrañas, relatos complicados, pequeños objetos. Mientras el cajón los acurrucaba, Elisa se sentía dueña de su destino.

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Páginas en blanco

Escribir le había servido para exorcizar los miedos que tenía a la enfermedad que le diagnosticaron. Y para asimiliar las historias tristes de su pasado que todavía le dolían.
Afortunadamente , estaba empezando a curarse:sus males comenzaban a remitir. Tampoco le quedaban más episodios dolorosos que recordar y poner en papel.
Por eso decidió que se valdría, a partir de ahora, de sus escritos para diseñar su presente y , con ello, un futuro mejor. “Si somos lo que comemos y lo que pensamos, también podemos ser lo que escribimos”, se dijo. Resuelta y enérgica, se puso a escribir historias de fortaleza, de reafirmación, de amor, de amistad, de días de lluvia y de cielo luminoso: historias llenas de vida por vivir.

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Despedida

    Era la última noche de aquel verano largo. Jodie y Fiona se iban al día siguiente, sólo se quedaría María José.

   Salieron a cenar. Las dos rubias y la morena formaban un trío inquietante . Nada más entrar en el bar , tres hombres mucho más jóvenes que ellas  les abordaron,  proponiéndoles compartir mesa e ir después a bailar.

   Acabaron en la playa, al amanecer, borrachas, desnudas, en el agua, haciendo el amor con unos muchachos a los que no volverían a ver, pero que les hicieron olvidar sus años, los miedos, las mentiras,los maridos, los hijos ,el cansancio y lo predecible de sus vidas.

Llegaron a casa con la piel llena de  risas, sal  y complicidad.

http://www.youtube.com/watch?v=I-oMHPZgKJc

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Nata y chocolate

Lucía era la niña más feliz del mundo, caminando de la mano de su papá, el más guapo de los príncipes. Iban a comprarle un helado de nata y chocolate.

Al entrar en el hospital militar, se imaginó que estaba en un palacio, y que aquellos señores vestidos de blanco con botas negras eran los mejores heladeros de toda Italia. Uno de ellos, la sentó en sus rodillas mientras otro le decía que abriese su boquita de fresa. Ella obedeció, pensando que iba a comerse el más rico de los helados.

Con la extracción, la sangre brotaba imparable. Para Lucía , todo era rojo ahora. Lloró, chilló, pataleó.Y después se hizo bruscamente de noche. Despertó en su cama, asustada, con su papá enfrente, convertido en un monstruo terrible. Tardaría muchos años en entender lo que pasó y perdonarle.

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Desiderio

        Llegaron de madrugada. El taxista entró en la ciudad atravesando un parque en el que había   apuestos jóvenes muy  bien vestidos recostados en los árboles. Al preguntar Irene si se trataba del rodaje de una película o de un anuncio, el conductor se echó a reír y dijo “puttanos”, mirándole con malicia por el retrovisor.

       Irene pensó que un día, cuando fuese mayor y nadie la deseara , volvería unos días a Roma y en aquel parque eligiría un mozo diferente cada noche, para que le acariciase mientras le mentía en italiano , haciéndole más llevadera la vejez en soledad.

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