El cielo ( I )

   Celebro la noche del viernes con mi cena preferida: pan tostado, aceite y un vaso de buen vino. Es un ritual. Llego a casa,  pongo música y preparo este manjar. Después, lleno la bañera y, cuando la piel se me arruga, me dirijo a la cama, donde me espera un libro.pan con aceite

      Los viernes no salgo. Nunca. El resto del tiempo es para los demás: tengo a mis hijos en fines de semana alternos; mis sobrinos y hermanos  vienen los sábados; el domingo lo paso con mi madre; salgo por las noches con mi novia y los amigos. Durante la semana, dar clases de 9 a 5, llevar a los niños a entrenar, ayudarles con los deberes y traducir textos de ingeniería, me deja poco margen para el ocio y para mí. Pero el viernes es enteramente mío.

    Al ser el mayor de cuatro hermanos, supe pronto de responsabilidad. Poco después de cumplir siete años, mi padre nos abandonaría y me tocó hacer de cabeza de familia. La vida nunca me resultó fácil, pero no me quejo. Soy listo y rápido y siempre encontré la manera de hacer lo que más me gusta: correr, cantar. Además, como sano, cultivo un huerto chiquito, dejé de fumar hace ya bastante, bebo con moderación.  No recuerdo haber estado enfermo, no he pasado por un quirófano, no llevo gafas y en la revisión que me hice  la semana pasada, en mi cuarenta aniversario, todo salió bien. 

  

El cielo ( II )

       Suponía que la muerte me llegaría en un futuro tardío. Pensar en ella me producía distanciamiento e incredulidad. Aquel viernes, sin embargo, me levanté débil, mareado. Llamé a la escuela y dije que no iría, que me encontraba mal. Volví a acostarme. Me costó dormir. Se me entreabrían los ojos y el pensamiento con escenas que apenas recordaba mezcladas con otras cercanas. Tenía fiebre. A  media tarde sentí hambre y recurrí a mi plato favorito. Comí despacio. No me apetecía volver al cuarto, me dolían los huesos y me resultaba difícil caminar, así que me recosté en el sofá del comedor y fui entrando en un profundo sopor.  Allí me encontró mi novia: le costó comprender que mi corazón no latía ya.

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      Ahora sé que tuve una vida completa y que fui muy feliz: no me ha importado marchar. Solo lamento el dolor que he dejado atrás:  en los niños, en mi madre, en la novia. Y que el cielo no sea tal, porque en él no hay ni aceite, ni vino ni pan. 

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Alta densidad

      Acababa de terminar  psicología y se había dado cuenta de que su auténtica pasión eran los niños. Decidió estudiar educación infantil, pensando que eran solo dos años y que, además, por la pública únicamente pagaría la matrícula, ya que los libros y apuntes se los pasaría Luisa, su vecina. Carlos, licenciado en Educación Física, trabajaba de monitor y daba clases en una academia.circulos2

      Ambos deseaban tener hijos,  por lo menos tres. Por eso Ana se quedó embarazada enseguida. En el banco pidieron un préstamo para una casa, chiquita, en el pueblo, en la que empezar juntos. La familia y los amigos se volcaron, regalándoles cada uno algo que tenían y que les sería útil. A cambio, Ana les cocinó su pastel preferido, hizo de canguro y cuidó de los mayores. Al mes de nacer Elenita, a Carlos le cerraron el gimnasio y la academia, con lo que no pudieron seguir pagando la hipoteca. Su padre, que tenía preferentes, intentó ayudarles, pero no le dejaron tocar los ahorros. Ahora viven juntos, en 80 metros cuadrados, la abuela, los tres hermanos de Carlos, sus padres, Ana y el bebé: disfrutando de pleno de eso que se llama calor humano.

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Hilos

ovillo1                 La memoria siempre encuentra la forma de ser rescatada. Con Alfonso fue a través de su bisnieta Belén, que heredó el carácter inquieto, la alegría y la pasión por conducir de su antecesor. Quiso saber la historia de aquel señor tan elegante, que le miraba con ojos cautivadores desde el retrato escondido en la recámara. Tirando con sus preguntas de la madeja de los recuerdos,  supo que murió joven, apenas cumplidos los 40. Que era guapo, vividor, juerguista y mujeriego. Que su esposa estaba tan enamorada de él que le decía  constantemente: «Tuya soy, haz de mí lo que quieras».  Por eso no le perdonó que partiera a Argentina dejándola atrás. Y que volviese dos años más tarde, aunque fuera con un flamante carnet de chófer  que acabaría con el hambre de toda la familia . Estaba convencida de que había otro amor y otros hijos en Buenos Aires porque su marido andaba ausente, las lágrimas le mojaban el rostro con frecuencia y se había vuelto serio.

                  Todo acabó el día en que lo descubrió en el cuarto de baño, tras cortarse las venas.  Le habían dicho que tenía un cáncer devorándole el estómago y prefirió  marchar para que  no cuidasen de él.  Al entender esto como otra traición, su mujer lo cubrió de un odio hecho con silencios que duró generaciones, hasta que la curiosidad de  Belén logró sacarlo del olvido.

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Día de Reyes

Después de comer, vestida con el traje blanco de los domingos y los zapatos de charol rojo, doy prisa a mis padres. No quiero que duerman la siesta, no hay tiempo que perder. A las cinco en punto desembarcan los Reyes. A regañadientes, me hacen caso.

Vamos a pie por la avenida, no dejo de mirar al mar. Hay muchos barcos, me pregunto en cuál de ellos vendrán. El muelle está lleno. Mi padre, mi héroe, me sienta en sus hombros. Precedidos de soldados romanos, de música y de carrozas que tiran caramelos, los veo llegar. Melchor me sube en su camello, habla mucho, no le entiendo y tiene el pelo suave como la espuma. Le digo «bici» una y otra vez. Gaspar no para de reír y Baltasar es de piel tan oscura que me da miedo. Tengo un tambor en el corazón, me hago pis.

Me duele la tripa, no puedo cenar y me voy a la cama. Intento no cerrar los ojos, aunque me pesan mucho. Cuando la casa está en silencio, a oscuras, voy al comedor. Junto a mis zapatos hay cuatro regalos envueltos en papel brillante, pero ninguno tiene forma de bicicleta. Mis lágrimas saben dulce. Consigo dormirme, cansada.

Me despierta un sol radiante. Mis padres están mirándome, sonrientes. Me incorporo, corro al comedor y abro los paquetes: un puzzle con el mapa terráqueo, un libro de cuentos, una caja enorme de lápices de colores y una preciosa muñeca negra. Con la boca abierta, me abrazo a la muñeca, le leo los cuentos, dibujo bicicletas en la pared y descubro con el puzzle cómo es el mundo. Soy la niña más feliz de la tierra.

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Latido

No frecuento las discotecas, mis hermanos sí. Pero esa noche, la última del verano, insistieron tanto que decidí acompañarles. No bebí alcohol: no me gusta. Bailé un poco y me lo pasé charlando con los amigos. Estaban todos, algunos de los cuales hacía tiempo que no veía.
Amaneció y mis hermanos no querían irse, pero yo estaba deseando hacerlo. A las siete y media salimos por fin. El pequeño prefirió subir en otro coche, con nosotros vino Juan. Pedro conducía rápido y en una curva inmensa dio un volantazo. Recuerdo las vueltas de campana y luego, tras el golpe, aquella luz vibrante y cálida.
En los días en que estuve en coma, me sorprendió lo que era capaz de ver, oír y sentir: conversaciones, llantos, el tacto de tantas manos acariciándome, susurros. Acudí al entierro de mi hermano estando al mismo tiempo en la cabecera de la cama de Juan, mientras besaba a mis padres abrazándome a Andrés, el menor .
Supe que había muerto cuando Pedro vino a buscarme. También acudieron mis abuelos. Y mis ídolos: Kurt Cobain, Bruce Lee, Marlon Brando.
Ojalá mis progenitores nos pudiesen ver: así comprenderían que estamos bien. Vivimos en otro lugar, como cuando el curso pasado yo estudiaba en Dublín. Nos seguimos peleando: poco ha cambiado en eso.
La semana que viene irán a Zaragoza. Nada más conocerle adoptarán, como si fuese un hijo, al muchacho que, tras el trasplante, lleva mi corazón. Y Andrés se enamorará de su novia, complicándolo todo según acostumbra.

A Miriam

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Tardes de verano

Me preguntaba porqué tenía que acudir a bordar a la hora de la siesta, mientras mis amigas iban al bar junto a la piscina. Ellas tomaban helados y charlaban con los chicos, yo enhebraba agujas y sostenía un tambor de costura.
Odiaba coser, sigo odiándolo. Sin embargo, al poco tiempo me fui dando cuenta de que me gustaba estar allí : un patio fresco lleno de flores, una sombra perfumada y un círculo de mujeres. Se escuchaba , de fondo, una radionovela . Casi todas preparaban su ajuar. Yo, una adolescente pecosa ávida de entrar en la vida adulta , disfrutaba con sus conversaciones : hablaban de hombres, de sexo ( en voz queda, con risas ), de su trabajo en la fábrica de conservas , de sueños, frustraciones y proyectos.
En tres estíos, logré acabar tan sólo un mantel y una sábana bordada. Cosía, deshacía, volvía a coser : era la peor alumna de aquella francesa malhumorada e impaciente que nunca estaba conforme con lo que le mostraba . Mi novio de entonces se fue con otra, a la que conoció una tarde en que yo andaba ocupada con hilos , tijeras, telas e historias.
Ahora sé que en aquel lugar aprendí amor , camaradería y respeto hacia otras mujeres, mis iguales. Conocí el valor de la amistad.

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La casa de madera


Su marido llevaba impedido más de diez años. Era muy mayor, cerca de los setenta. Ella, veinte años más joven, aparentaba muchos menos. Por eso, cuando Pedro entró a trabajar de jardinero, se enamoró perdidamente de él: un hombre atractivo, en plena forma física y con un carácter tan jovial que le hacía siempre reír. Él se dió cuenta y la convenció para que se deshiciera de aquel anciano incómodo: simularían un accidente y ella heredaría su fortuna.
Iban a empezar una nueva vida. Pero Pedro, cegado por la avaricia, la encerró en la habitación del balcón tapiado. Allí la mujer murió de tristeza, arrepentimiento y soledad.
La gárgola, que lo había visto todo, gritó una tarde con tal fuerza que mató al jardinero con un aullido aterrador .
En aquella casa rondan ahora tres fantasmas enloquecidos, a los que el amor olvidó.
(Foto: Gustavo San Miguel)

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Cuarto oscuro

     Sabía que no iba a ser bien recibido, que no me querían. Con esa certeza,  entré en este mundo llorando tan fuerte que la comadrona  se asustó y me soltó, dándome de bruces contra el suelo. Premonitorio.

     Mis padres esperaban una niña. Pero llegué yo. Como no me hacían caso, no paraba de llorar. Lo único que conseguí fue que me metieran en un cuarto oscuro y quedarme dormido de puro cansancio. Así día tras día.   Al año nació mi hermano. Tampoco le quisieron, aunque como no lloraba ,se libró de estar encerrado . Un prodigio durmiendo y comiendo , supongo que  ésa  era su defensa  ante la falta de cariño.  Once meses más tarde, llegó la deseada.

     Antes de que la niña cumpliera un mes, nos enviaron a mi hermano y a mí lejos de allí, con la abuela y tía paterna. Recuerdo un avión, la mano de mi hermano Jorge arañando la mía y dos señoras  que no conocía esperándonos en el aeropuerto. Luego, Jorge se fue. Y yo me quedé con mi tía . Afortunadamente, después de un tiempo solos,nos veíamos todos los domingos, ya que la abuela vivía cerca.  Reunirme con él suponía tal fiesta de juegos, peleas y alegría  que me acababan  encerrando con la Marusiña, una bruja malvada que visitaba la despensa de mi abuela justo ese día.

    Mis padres  venían a vernos en julio, durante una semana. Acudían con nuestra hermana pequeña, a la que Jorge y yo odiábamos. En un descuido, la tiré escaleras abajo y eso me valió unas buenas bofetadas y una estancia de veinticuatro horas con la Marusiña.

                                                        En mi sexto cumpleaños  decidieron que podían hacerse cargo de sus tres hijos y volvimos a casa. A mi hermano y a mí nos gustaba coger las muñecas de la pequeña y arrancarles las piernas, la cabeza,  romperles la ropa y pintarles luego el torso. Mi padre, al escuchar los gritos de la niña, nos castigaba poniéndonos de rodillas de cara a la pared. Al menos  no había Marusiña alguna: sospeché que tenía una amistad extraña con la abuela  y prefirió quedarse con ella.

                                                    Desde entonces,  los veranos los pasábamos  en casa de la tía . Nada más llegar,  nos rapaba al cero y los niños del pueblo nos recibían con un acogedor apodo: los hermanos «cabeza de pepino» . La abuela ,que vivía entonces con ella,  insistía en enseñarnos lo que era la mano dura ,  con cualquier pretexto:  no acabarnos la merienda, tardar más de lo debido en el baño, cantar en la mesa, jugar. También me quiso adiestrar en la doctrina de la época y me pegaba unos coscorrones dolorosísimos cada vez que yo, zoco, usaba la mano izquierda. Con eso, y tenerla atada en el colegio, aprendí que ser zurdo no era bueno. Un día, a los ocho años, quiso hacerme un hombre y me obligó a sujetar por las patas al conejo que me habían regalado y al que yo adoraba, mientras ella lo decapitaba con un golpe seco. No pude comerme aquel arroz, y me encerró  donde la Marusiña  cuarenta y ocho terribles horas.

        Fue el principio del fin. A partir de ese momento, me refugié en los libros.Dejé de ser niño y no quise jugar más. Iba tachando en  calendarios  el tiempo que faltaba para escaparme de todo aquello. A los quince, finalmente, huí para siempre. Mi hermano Jorge vino conmigo.

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Un plan perfecto

Lo  tenía todo calculado.  Acudió a su domicilio el 30 de diciembre, llorando , sin maquillaje, despeinada, y con una maleta en la mano. En ese instante, Carla salía: había quedado con José. Ante su sorpresa, Luisa le contó que se acababa de separar. Tal vez porque Carla era muy crédula o porque la palabra «separación» le removió algo dentro, le dejó entrar, le sirvió un té, llamó a José para retrasar la cita y oyó la historia.

Luisa dijo que volvería a la noche, cuando Carla regresara. Al llegar, notó extrañada que Luisa ya estaba esperándola y que no lloraba. Su rostro se había relajado y sus facciones eran dulces. Se fue a la mañana siguiente, para volver al anochecer. Esta vez apareció con una botella de champán, marisco y frutos secos: era fin de año y había que celebrarlo. Después, desapareció de nuevo, pretextando que pasaría el fin de semana con su hermano y su cuñada. Regresó el lunes.

Esa misma mañana , Carla tenía su primera sesión de quimioterapia y estaba aterrorizada. Luisa la tranquilizó, acostumbrada  a que varios miembros de su familia  pasaran  por eso. Hablando, convenció a Carla para que hiciese testamento y le enseñara, de paso, su cartilla, la de los ahorros de sus hijos, su última declaración de la renta y las escrituras de la casa.  Carla se veía incapaz de decirle que no. Recordaba, además, la época en que se separó y Luisa le ayudó cuidandole a los niños.

El martes, tal y como Luisa había planeado, fueron al banco para el que ella trabajaba a comisión y Carla , que  era confiada en extremo, lo puso todo en un fondo de inversión sin garantía. Luego, al notario donde Luisa había testado. Allí,  descubrió ésta que Carla nunca se había casado y , nerviosa, no supo qué decir cuando, al ir a modificar  su testamento, el escribano quiso saber cuál era su estado civil. Las alarmas de Carla, que llevaban encendidas desde el día en que Luisa fue a su casa, se pusieron al rojo. Durante la firma,  le preguntaron  si le había costado mucho dinero cambiarse el apellido. Carla no salía de su asombro. Pero Luisa, hábil, se disculpó diciendo que ella «también tenía un pasado».

Tras ésto, Luisa se empeñó en pasar por una tienda para comprar unos muebles y una vajilla carísima para el piso que aún no había alquilado y donde quería empezar una nueva vida.  Carla se extrañó, ya que recordaba que cuando ella se separó tenía de todo menos dinero. Pasaron al acabar por la inmobiliaria en la que Luisa tenía que formalizar  el contrato . Agotada del día y en su estado, Carla no la acompañó y se quedó a descansar en el coche. Una hora más tarde, Luisa regresó diciendo que se había equivocado de lugar y que era en el pueblo de al lado. Tampoco esta vez Carla fue con ella, prefiriendo esperarla  en el vehículo. Una airada Luisa volvió gritando que no podía alquilar , porque los dueños le pedían más dinero del acordado por teléfono.  Con un nerviosimo  in crescendo , Carla comenzó a hablar cada vez más deprisa, desvelando sin darse cuenta el plan de Luisa: era su reacción ante el desconcierto. Ésta, enfadada porque se había dado cuenta de sus intenciones, la dejó en  su casa y se fue. No volvió más.

Mientras, Carla tuvo tiempo de reparar todo lo que había hecho: retirar los ahorros del fondo y cambiar el testamento. A los diez días, recibió una llamada con número oculto: era Luisa, disculpándose por no haber dado señales de vida. Carla no le contó nada, aunque estaba segura de que  conocía  todos sus pasos . Al día siguiente hizo una bolsa con  los enseres que Luisa se había dejado y se los dió a  una amiga común. Cerró así para siempre su corazón a aquella mujer, llena de tristeza.

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