Relato VI: PRELUDIO AL SUPERMERCADO. Autor: ÓSCAR

Pongo la radio como todos los días cuando me voy a la cama. Es algo que me ayuda a dormir.

– Hoy, en nuestro espacio de cartas románticas, tenemos como comentarista a la fabulosa actriz de teatro Sibyl Vane. Buenas noches, Sibyl, bienvenida.

– Buenas noches, Henry.

– Cuando quieras, aquí tienes el saco. Elige bien la lectura de este lunes.

– Muy bien. A ver… Vamos a ver… ¡ÉSTA! Escojo esta carta de papel reciclado con ligeros toques florales.

– ¡Perfecto, Sibyl! ¡Vamos allá!

Henry toma la carta en sus manos y comienza a leer:

“Hay personas capaces de pervertir palabras con el afán de generar una belleza ficticia tras la que solo hay una vanidad necesitada. Persiguen corromper y degollar la candidez de la inocencia como triunfo personal. Suelen poseer un buen porte y un gran manejo en trabalenguas turbios que sirven de arma defensiva en caso de ser descubiertos. Seguramente, muchos de vosotros pensaréis en políticos corruptos, en una piel desterrada de vuestras vidas o en un falso poeta. Está bien, pueden adoptar cualquier forma y estar en cualquier parte. Abrid muy bien los ojos y estad atentos. Quizá la próxima víctima con la que sacien su ego puedas ser tú”.

Henry, perplejo, continúa hablando:

– Lo firma un tal Dorian. Pero, ¿desde cuándo esto es una carta romántica? ¿Sibyl? ¡¿Dónde está Sibyl?! Ehhh… Disculpen, Sibyl acaba de abandonar precipitadamente la meshhhhrrrhh… grrrrrgg… sshhttt…

¡Maldita radio! Siempre se queda sin pilas en lo mejor.

Jjjjrrr…trrrhh… rrssssshhhh…como Nicolas Cage en Leaving las Vegas soy el invierno contra tu primavera, un Dorian Grey sin pasado ni patria ni bandera…

Relato VII: HISTORIA DE UNA DIRECCIÓN EQUIVOCADA. Autor: LUZ

El amo marca el tiempo, ajusta la manera de andar, no hay más música que sus compases, ni deja mirar otra cosa que no sea la que él decida.

Él es un amo.

Él decreta el espacio cuadrado de mis movimientos,
 si entro o si salgo
 o lo llena de más víctimas. Batuta en mano dirige,
 ordena el cómo y el cuando.
 Si pongo el pie fuera
 de la línea marcada como exigencia,
 me esperan sus tornados.

El amado amo me enseñó a obedecer 
desde cero,
 -no es bueno pensar
 demasiado-. Él me obliga a hacer cosas
 que yo no quiero, pero siempre dice que es en aras
 del amor verdadero.

Hoy me somete a una nueva prueba. Con pistola en mano
 apunto a la vida que me espera enfrente 
y él, detrás de mi espalda,
 me dice que la aniquile.

La mano me tiembla. Con el dedo en el gatillo pienso que no es lo que quiero.

Mi cuerpo gira hacia donde él está. Le miro,
 compruebo sorprendida que es la voz
 del amo, el que ama, 
quien dicta que mate a mi vida. Sus ojos de pupilas verticales 
insisten, una y otra vez,
 en que dispare.

Le hago caso, 
estoy domada.

Suena el disparo 
y me doy cuenta de 
que olvidé girarme.

Maté al amo 
en un error de dirección. Liquidé a aquel que decía
 ser dueño y señor
 de todos mis actos.

Relato VIII: EL SECRETO MEJOR GUARDADO. Autor: LUZ

Me preguntaron dónde guardaba el secreto.
Al no contestar, me torturaron rayando el daño infinito. Con los ojos hinchados y sin poder abrirlos, en ese punto en el que el dolor construye puentes a las verdades, me volvieron a preguntar dónde guardaba el secreto.

Yo les confesé: ”en el tatuaje”.

Rastrearon mi cuerpo buscando la huella grabada pero no encontraron nada. Me dieron por loco y me abandonaron.

Olvidaron mirar dentro del párpado 
donde la llevo, como un secreto, tatuada.
 A esa mujer que mientras yo no podía abrir lo ojos, la veía y me dio vida mientras me mataban.

Relato IX: MILAGRO. Autor: GABRIEL

Ana María miraba a Gabriel. Una molestia la inquietaba ¿sabría él lo que estaba sucediendo? ¿Estaría de acuerdo? El doctor la miró fijamente, preguntándole con los ojos si estaba preparada. De manera súbita se acercó al cuerpo, inyectó una alta dosis de anestesia y desconectó el flujo de oxígeno. Tras veinte años en coma, Gabriel murió.

Relato X: LA ESPERANZA TIENE MIL DISFRACES. Autor: LUZ

La frase que escuché fue tajante: “hay que operarlo a vida o muerte. Ya.”.

En la vida hay instantes que bien se podrían dibujar como un abismo. Algo sucede que separa la tranquila y anodina cotidianidad del estallido que dispara, en todas las direcciones, los órganos internos. Un segundo, sólo es un segundo, entre el antes y un después.

Decidí ir a casa para coger algo de ropa, parecía que la estancia al lado del dolor iba a ser larga. Tomé el autobús y me senté en un lugar alejado. A pesar de que llovía y de que a mí me rodeaba la oscuridad de siete noches, necesité de unas gafas de sol para ocultar mi pena.

Mi corazón galopaba a un ritmo frenético y mis pies apenas guardaban el equilibrio sobre el punto minúsculo en el que se había convertido el mundo. No podía soportar tanto sufrimiento. La primera vez que experimentas una sensación es extraño, porque no puedes reconocer ni dominar la intensidad de lo que sientes.

Tenía apoyada la cabeza en el cristal del autobús, la mirada en las manos y en mi mente un único pensamiento: – se muere-, -se muere-, -se muere-.

Supongo que la razón intentó escalar por encima de la aflicción al enviarme alivio en forma de preguntas: -¿se muere?, ¿y si yo estuviera sufriendo en vano?, ¿y si se salva?-. La esperanza tiene mil disfraces y a mí se me estaba acercando en forma de duda.

Necesitaba una prueba irrefutable, un indicio, algo que me indicara si existía una ínfima posibilidad. Quería saber si la vida iba a seguir a su lado y puedo decir que nunca deseé algo con tanta fuerza.

El autobús continuaba circulando por la ciudad de los rascacielos y yo seguía suplicando una señal. Giré la cabeza para mirar a través del cristal. Ante mí, un descampado que ofrecía un espacio enorme para contemplar el cielo nublado, raro lugar en una ciudad saturada de ladrillos. En ese momento, un enorme, completo y hermoso arco iris doble apareció dibujando el cielo. Era el primer arco iris doble que veía y supe, que era para mi. La mente y mi cuerpo se relajaron y sentí como la preocupación, poco a poco, se disipaba.

Cuando abrí la puerta de mi apartamento, todavía pensaba si lo que acababa de ver, realmente, podía ser la respuesta a mi llamada. Sonó el teléfono y a punto estuve de no cogerlo, tenía prisa por volver a su lado. Insistían, así que decidí descolgar.

– “Hola nena, soy tu tía”.

Mi tía, una mujer que residía en una aldea de 8 habitantes, vivía por y para sus animales. Hablábamos poco, quizá una vez al mes y siempre me contaba cosas de su rutina diaria. Teníamos pocas cosas en común, sólo esos lazos raros que crea la sangre familiar en la distancia.

– “Dime tía, tengo que salir” -no quería contarle las malas noticias-.

– “Me vas a llamar loca, cuando te cuente lo que me acaba de pasar. Andaba sola, por el campo y llovía. Los animales se estaban mojando pero a mí no me importaba. Estaba triste, pero sin motivos y pensaba en cosas tontas como que quería que me enviaran una señal del cielo. Entonces la vaca parda, ¿recuerdas esa a la que le puse tu nombre? se ha puesto a correr como loca hacia el frente. Yo he salido detrás de ella, llámandola por su nombre, que es el tuyo, y de pronto, un arco iris doble e inmenso ha aparecido en el cielo. La vaca y yo hemos parado al verlo, qué cosas, pero yo no he podido dejar de nombrarte.“

Existe los segundos que separan un antes y un después y ahora sé, que la esperanza tiene un disfraz de arco iris.

Relato XI: LA PROFESORA. Autor: Willian Zweifel

La calefacción está demasiado alta. Intento resolver una ecuación de dos incógnitas, por igualación. La profesora lleva un jersey de cuello alto, ajustado, color fresa, o fucsia, no sé bien, pantalones negros. Se acerca a mi mesa, pero atiende, inclinándose sobre él, al compañero de delante, Gonzalo, pelo muy corto, más alto que yo, concentrado sobre su ejercicio, orgulloso de sus deberes ante la maestra: una sonrisa, la mano aprobadora sobre el hombro. Ella está delante de mí. Sus pantalones negros son de tipo vaquero, tal vez más finos, la marca en una pequeña tira en el bolsillo posterior derecho: Ligne Droite. Huele tenuemente a jabón de lavanda, casi imperceptible a esta hora de la tarde. Se incorpora y entonces se acentúa el aroma: también a pelo limpio, no muy largo, color cobrizo. Pasa ante mí. La miro de reojo mientras se mueve entre los pupitres y probablemente no se da cuenta, debe pensar que estoy haciendo los cálculos que precisan los problemas. Su pantalón tiene remaches metálicos y un cinturón con grabados de flores de lis que sólo se ven si ella está cerca del pupitre. Cuello alto, demasiado calor. Quizá tiene tendencia a enfermar de la garganta, frío y calor, hablar una hora y otra. Pasa ante mis ojos y pierdo su contorno. El compañero de la segunda fila conocerá las vecindades inmediatas de la lavanda. Se fijará también en los labios en los que ahora reparo cuando, desde la tarima, escribe en la pizarra las principales dificultades del ejercicio que aún no he terminado. Los ha pintado unos instantes antes de entrar, casi sin color, rojo es demasiada atención sobre la boca; trasparente, sí, pero hay vetas de intensidad que coinciden con los surcos que la vida ha ido roturando en ellos. Al cabo del tiempo sólo queda la tonalidad original de la carne. Necesita retocar al comienzo de cada clase, quién sabe si a veces también una gota de perfume, un modo de decirse estoy lista, vengan quebrados, polinomios, incógnitas. El tiempo irá borrando artificios. Excepto el hipnótico color de su jersey fresa o fucsia, mejor que el amarillo del martes; ajusta bien y me agrada la embriaguez que suscita en mí. Casi una leve fiebre gozosa que encuentra acomodo en la parte superior de la cabeza, donde el tiempo se dilata. No he terminado el ejercicio, que realizo con languidez, aunque a ella le parezca precisión y detalle: mis dedos han acariciado el papel, una ecuación, dos incógnitas, igualación; el cálculo se hace elegante, como una caricia en las neuronas. Tengo unas décimas de fiebre sentimental y es hora de salir. En el pasillo alguien me habla y la calle nos recibe y nos golpea. Hay otra categoría de mundo. Perdemos el autobús que acaba de pasar mientras empieza a empaparme la lluvia y no me importa.

Relato XII: AÑORAR EL PASADO ES CORRER TRAS EL VIENTO. Autor: OTIS B. DRIFTWOOD

Añorar el pasado es correr tras el viento, fue el último verso de la canción de aquel guitarrista. Escupió, guardó el instrumento en su funda e hizo ademán de sacar un cigarro del bolsillo de la camisa. Por todo aquellos gestos comprendí que aquel hombre era, en efecto, mi padre, o al menos la sombra de lo que fue. Nuestras miradas se cruzaron y me lanzó una sonrisa negra, casi sin dientes. Por mi parte yo tenía claro qué hacer, ya que el metro está lleno de cámaras y los jefes revisan las grabaciones periódicamente. Iban a ser mis primeras palabras hacia él en treinta años:

– Por favor, caballero, enséñeme su documentación. La música está prohibida sin autorización, ¿no ha visto los carteles?

Relato XIII: EL PUTO FÚTBOL. Autor: OTIS B. DRIFTWOOD

Noam Chomsky se dirigió hacia la puerta, única salida de su despacho del Instituto Tecnológico de Massachussets. Parecía agitado, nervioso, como con prisa. El bedel, que lo vio salir tan apresurado, le gritó desde el otro lado del pasillo:

– ¡Señor Chomsky, que está lloviendo, no se olvide del paraguas!
– ¡Hostias, es verdad! – Dijo Chomsky por lo bajini – ¡Gracias! – Le dijo al bedel. Y regresó a su despacho.

Allí comprobó que no solamente se olvidaba del paraguas, sino de unos trabajos de sus alumnos de doctorado que tenía que corregir sin demora aquella misma tarde.

– ¡Mierda! ¡Me había olvidado también de estos trabajos de mierda! ¡Me cagüen la hostia puta, hoy tenía que ser!

Aún su gramática interna no había terminado de generar todas las estructuras de aquellos pensamientos, cuando alguien llamó a su puerta.

– ¡Knock, knock!
– ¿Quién es?
– ¿Señor Chomsky?
– Soy yo
– ¿Puedo pasar?
– Tengo prisa
– Y yo. Seré breve.
– ¿Podría ser breve otro día?
– Podría ser breve muchos días, pero lo que tengo que decirle es algo urgente para hoy y para ahora sin más tardanza…
– ¿Quién es usted?
– Soy un alumno de este instituto, no creo que me conozca
– ¿Cómo se llama?
– Stuart B. Delawany
– Sí, sé quién es, estuvo usted conmigo en primero y el cuatrimestre que viene creo que le tengo en una asignatura optativa
– ¡Exacto! ¿Cómo lo sabe?
– Tengo buena memoria para los nombres. Es algo innato.
– Comprendo.
– De todas formas si lo que tiene usted que contarme es algo extenso, y con extenso me refiero a algo que supere los dos minutos, me temo que no puedo atenderle.
– No es extenso, al contrario
– ¿Qué quiere?
– Me gustaría que me dijera su pronóstico para la final de la Superbowl de esta noche
-¿Cómo?
– La Superbowl. La final. Es hoy.
– ¿Estás de coña? Yo paso del fútbol.
– ¿Ah sí? ¿Y por qué tiene entonces tanta prisa? Es evidente que no quiere perderse el inicio del partido
– No es por eso
– ¿Quién cree que ganará?
– No tengo ni idea… Además, es de sobra conocido lo que pienso sobre el fútbol y el deporte profesional en general: sirve para aborregar aún más a los borregos. Y para exaltar fanáticos. No me interesa.
– Ya…
– ¿Qué insinúa?
– ¿Se va usted a perder la Superbowl, el partido del siglo?
– Me la suda la Superbowl… Es un montaje audiovisual, un esperpento con fondo publicitario a mayor gloria del capitalismo salvaje. Un atropello mental, un abuso de la confianza del aficionado sincero. Un horror.
– Sí, pero… ¿Quién cree que va ganar?
– ¡Y YO QUÉ SÉ! ¡Y ahora apártese de la puerta, que me tengo que ir!

De un fuerte empujón, el célebre lingüista, filósofo y activista estadounidense apartó al joven estudiante y salió del despacho.

– ¡Venga, fuera, salga de ahí que tengo que cerrar!

El chaval, más asustado que avergonzado, se alisó los pliegues que el empujón habían dejado en su camisa y se alejó escaleras arriba. El profesor cerró con llave y sin mirar atrás bajó las escaleras que conducen al hall del edificio. Cuando llegó al aparcamiento, Noam Chomsky murmuró no sé qué entre dientes, yo diría que «puto fútbol» o «puta lluvia», no lo podría asegurar. Además que no recordaba dónde había dejado el coche, así que decidió caminar en diagonal bajo su paraguas para ver si al menos tenía suerte y se topaba con el auto de casualidad. Así sucedió; a los diez minutos de vagar por el aparcamiento vio a lo lejos su Ford Fiesta blanco. Dio un resoplido de alivio y sacó las llaves. Abrió el coche, se sentó y miró la hora.

– ¡Me cago en la puta!

Aquel maldito estudiante, aquel niñato, le había entretenido más de la cuenta, de hecho ya iba con prisas cuando le había interrumpido. ¿Por qué le había escuchado, por qué le había hecho caso? Además el incidente de la puerta y todo eso le había descentrado, había olvidado dónde estaba el coche y eso le había hecho perder otro casi cuarto de hora.

Colocó la radio, dio al contacto y ésta se encendió. Sacó un cigarro del bolsillo y se puso el cinturón. El locutor parecía algo confuso, no entendía bien lo que estaba diciendo ni lo que estaba pasando, pero bueno, algo era algo. Se había perdido el principio y ya no llegaría a casa a tiempo para ver la segunda parte como había planeado. Si los Broncos de Dénver perdían se iba a cabrear bastante. Pensó en los trabajos que tenía que corregir después del partido.

– Por vuestro bien, animad a Dénver, chavales…

Quitó el freno de mano, metió primera y salió de allí.

Relato XIV: Leonarda. Autor: OTIS B. DRIFTWOOD

Te preguntas, Leonarda, si de verdad todo esto está sucediendo, si es cierto que te han detenido durante una excursión escolar, si tus compañeros de clase habrán visto en la profundidad de tus ojos la persecución ancestral de los gitanos europeos, el miedo de los deportados. A fin de cuentas algo de eso habéis estudiado juntos, no hace mucho en realidad: la ocupación, los golpes en la puerta, el llanto de los niños, los golpes en los rostros de los hombres, las mujeres arrastradas de los pelos. Las banderas francesas se escondían o se quemaban a escondidas. Y luego el tren de Mauthausen, de Buchenwald, de Auschwitz. No hacía paradas. De aquel lugar nadie regresa, os contaron en la escuela: vía solo hay una, sin retorno; y después una verja. Sólo echas en falta las cruces gamadas, y piensas que son como todo lo Europeo: pura moda que pasa, se transforma y después regresa. De todas formas ya has llegado al aeropuerto, un agente te espera en la aduana. No te sonríe pero te dice que tu puerta es la catorce, que te sientes. Y te sientas. Mentalmente tarareas una cancioncilla que cantaba tu hermana en la ducha hace unos días:

…As nuk dua ruz-e, as nuk dua par-e,
por e dua dja-djalin, more me cigare…
//
… No quiero abalorios ni quiero monedas de oro,
quiero un hombre joven que fume un cigarrillo…

Relato XV: AMARGO Y DULCE. Autor: SAMNITA

La doctora Farías llegó a la plantación de cacao después de un larguísimo y fatigoso viaje a través de la jungla nigeriana en un jeep mal equipado y sentada sobre una tabla de madera precariamente colocada. Cuando se bajó, le dolían hasta las pestañas pero no tenía tiempo para lamentos y se puso de inmediato manos a la obra.
Traía consigo una gran cantidad de vacunas que le habían facilitado en una ONG de la zona. Sabía que en los cacaotales se vive bajo la planta casi, pues el control del crecimiento los árboles debe ser diario, continuo y minucioso. Por tanto, allí mismo encontraría niños que con seguridad jamás fueron vacunados y quien sabe que otras carencias tendrían.
Virginia Farías llevaba mucho tiempo luchando por la salud y la educación de los niños africanos, pero jamás se imaginó encontrarse un panorama tan pobre y desolador. Contó quince pequeños de ambos sexos, con edades comprendidas entre el año y los diez o doce, que presentaban claros signos de malnutrición.
Después de tantos años en el continente negro, la médica hablaba un poco de cada idioma, por lo que se dirigió personalmente al encuentro del plantador mayor, de quien obtuvo el consentimiento para inocular a los niños; luego con mucha paciencia les explicó a los más grandes, que la miraban con una mezcla de respeto y fascinación, que lo único que sentirían era un pequeño pinchazo, como si los hubiera picado un tábano. Se corrió la voz entre todos y ni uno solo de los pequeños pacientes se quejó ni lloró durante la vacunación.
Una vez terminada la tarea, la doctora se sentó bajo un enorme árbol a descansar, hidratarse y reponer fuerzas, antes de retomar el camino y volver a Abuya, la capital del país a cientos de kilómetros hacia el sur. Tímidamente los niños se fueron acercando y Virginia distribuyó el contenido de su mochila entre los pequeños: dos botellines de agua tibia y varias chocolatinas. Los críos cogieron un botellín para repartir entre todos y dedicaron su atención al dulce. Mas tarde y aún chupándose los dedos cada uno se acercó a agradecerle de la manera más efusiva, que los hubiera convidado con el manjar más exquisito que hubieran probado en sus cortísimas vidas.